Integración e
Interculturalidad en épocas de globalización
1er. Congreso Virtual de Antropología
y Arqueología
Mesa: Identidad y Globalización
Ponencia: Integración e Interculturalidad en épocas de
globalización
Ponentes: Raúl Díaz y Graciela Alonso
Facultad de Ciencias de la Educación
Universidad Nacional del Comahue
Neuquén - Septiembre 1998
La dimensión "mundo"
de la globalización y las identidades culturales
Queremos incluir aquí algunas reflexiones
generadas a partir de la relación globalización-mundialización,
universal-particular, local-nacional-, con la intención de inducirnos
a captar las luchas y el pensar desde la heterogeneidad y la integración,
recuperando otros sentidos de esta relación. Consideramos que
desde este lugar es pensable un ideario que despojado de dogmatismos
o mesianismos, puede congeniar con otras reivindicaciones (de
mujeres, jóvenes, homosexuales, ecologistas, indígenas, marginales,
etc.). Pero sobre la base de replanteos muy básicos, que valoricen
la pluralidad.
Se trata de rescatar la "diferencia"
específica de los movimientos sociales, "el valor de uso
por sobre el valor de cambio, la cualidad de los distintos más
allá de la cantidad de los contrarios y las exclusiones por sobre
la estratificación. Se trata de ver los estamentos socioculturales
por encima de las clases socioeconómicas. Sin dejar de valorar
el papel de estas últimas, de los estratos, de los de abajo"
(Villarreal 1996).
La orientación actual para un "nuevo
orden" económico, social y, cultural mundial requiere, según
las estrategias planteadas desde el poder, nuevas cosmovisiones
del mundo, nuevos mitos fundacionales del orden social que pugnan
por instalarse reemplazando "ideologías", con la pretensión
de conformar modelos civilizatorios para la sociedad argentina
en el contexto de su inserción en este nuevo ordenamiento universal.
La modalidad del cambio civilizatorio
hacia el fin de siglo, ocurre, para utilizar la metáfora de Josefina
Ludmer (1994), como un "salto modernizador". Así, "América
Latina se vería obligada a quemar años de su historia para entrar
en un orden y un ritmo, una temporalidad transnacional, diferente.
El salto dejaría un resto histórico, un futuro nacional que no
fue. La cultura transforma ese resto en temporalidad perdida porque
salta a otro futuro, que es el presente de la temporalidad transnacional"
(Ludmer, 1994). La autora comenta seguidamente una ponencia de
Roberto Schwarz: "La progresiva borradura de la idea (y no
solamente de la idea: del imaginario, de la referencia, de la
política) de la nación se acompaña, dice Schwarz, de la desintegración
de la "modernidad" y sus conquistas: trabajo, racionalidad,
ciudadanía."
Para interpretar esta nueva diagramación
de los espacios públicos y privados es necesario, dice J. Ludmer,
poseer una máquina capaz de leer el fin de siglo, por lo que se
pregunta "qué pasado, qué memoria histórica puede servir
para un presente que sabe que el futuro ya ha transcurrido".
Además los cambios que sobrevienen con el "fin de siglo"
no son fáciles de interpretar, implican, como dice Marco Raúl
Mejía (1993), deconstruir, reconstruir y reinventar, lo que nos
coloca: "frente a un cambio mas global; no un simple cambio
de signo político o de período histórico, sino un cambio de época
y civilización que nos plantea una nueva manera de ver el mundo
y que nos exige, a todos los habitantes del planeta, el abandono
de las certezas para interpretar diferente el que-hacer humano."
En la modernidad mundo, según Renato
Ortiz "lo que está en juego es la nación en cuanto formación
social particular, como estructura capaz de soldar a los individuos
y sus destinos en el contexto de un territorio específico".
(Ortiz 1997:89). Aún más, en el tercer mundo (que jamás se completó
al modo del primero y el segundo), "la nación es una utopía,
una búsqueda situada en el futuro". El proyecto nacional
carece de sentido con la escenificación de una modernidad mundo.
El capitalismo cambió fundamentalmente sus dinámicas, y las coordenadas
de tiempo y espacio traslocan los sentidos y vínculos que se establecen
entre los individuos y los colectivos sociales. En el aspecto
cultural más que de globalización correspondería, según R. Ortiz,
hablar de su mundialización: "Lo que significa que la modernidad-mundo
radicaliza el movimiento de desterritorialización, rompiendo la
unidad nacional" y "Se crea una espacialidad distinta"
(Ortiz 1997:92).
Pero en esta cualidad de desterritorialización
de la globalización, a diferencia de los modos de construir identidades
desde la nación, que se construyen en detrimento de las identidades
locales, neutralizándolas o destruyéndolas, se libera a esas identidades
del peso de la cultura nacional. Surge en el horizonte cultural
mundializado la posibilidad de estructurar identidades transnacionales
no sólo de clase, género, sino especialmente en relación al consumo.
Agrega Ortiz que la nación es transferida
hacia el plano de la tradición y lo global pasa a ocupar el lugar
de la distinción, la universalidad y el cosmopolitismo. Lo universal
se separa de lo social, anidando en las filosofías y en las éticas,
lo global adquiere estatuto propiamente sociológico. En relación
a esto, Ortiz se pregunta: ¿es posible ser provinciano siendo
también global?. La desterritorialización no sólo disloca los
espacios geográficos sino que trastoca todo el mundo de los sentidos,
alcanzando a dislocar la propia subjetividad. Como lo plantea
Margulis "existen en cada sociedad códigos culturales superpuestos,
tramas de sentido que tienen diferente alcance espacial"
y "estas tramas culturales superpuestas están en constante
intercambio y transformación, sumidas en procesos de cambio y
en luchas por la constitución e imposición de sentidos que, por
supuesto, no están desvinculadas de las pujas y conflictos que
arraigan en la dinámica social" (Margulis 1997:41/2). A esto
se agrega, según lo describe Jean Franco, la percepción deformada,
la incompatibilidad entre los sentidos que se conforman en el
centro (del globo) y su desfiguramiento en la medida que nos acercamos
hacia los márgenes (Franco1997:70).
Con estos avances queremos dejar planteado
qué significa en este contexto lo universal y lo particular, lo
propio y lo ajeno, la identidad y la cultura, lo básico y lo máximo.
Más allá de los usos esencialistas y sustancialistas propios del
mundo de la modernidad-nación, hoy estos conceptos/realidades
se estrellan contra límites planetarios y los ritmos del ciberespacio.
Cabe como corolario la siguiente pregunta:
¿qué es lo deseable que se enseñe y se aprenda en esta dislocación
de mundos de vida y tramas de significado interferidas por la
globalización de la economía y la mundialización de la cultura?
Creemos que en parte la respuesta puede
seguirse si nos sensibilizamos respecto de los procesos locales
de construcción de identidad y diferencia, y especialmente teniendo
en cuenta las dimensiones que exceden lo local territorialmente,
de modo pan o trans, y como todo esto se articula en apropiaciones
indecidibles de antemano sino, por el contrario, lanzadas a la
búsqueda de tantas verdades como particulares puedan conformar
hoy la posibilidad del universal.
Es decir, qué mínimos o básicos culturales
debería manejar un colectivo, o un individuo, para poder transitar
por esta torre de Babel y adscribirse, cada vez provisoriamente
y para siempre a un lugar donde anidar.
Hacia un discurso político, pedagógico
y cultural de la integración y la diferencia
Los enfoques multiculturales se posibilitaron
a partir de las críticas a la concepción de sujeto centrado, único
y universal y a la escuela (estandarte del proyecto modernizador)
como homogénea y conformadora de identidades esenciales y abstractas.
Quisiéramos detenernos en algunos "usos" que el tema
de las diferencias está teniendo desde los discursos neoliberales.
Hay dos nociones que están presentes
en la mayoría de los documentos oficiales, estas son la de tolerancia
y diversidad. A partir del análisis de varios de esos documentos,
diríamos que hay una búsqueda de ampliar el discurso sobre lo
cultural, al que aparentemente se considera como neutro, exento
de asimetrías, y capaz de subsumir en sí a lo político; el supuesto
sería que las contradicciones, asentadas en intereses de clases,
no pueden superarse pero las diferencias pueden articularse.
¿Qué significa ser tolerante?, ¿qué
es la tolerancia?. Sostiene Laclau (1997) que "si las bases
de la tolerancia han de ser halladas en la viabilidad de un ordenamiento
comunitario, se sigue que la tolerancia -esto es, el respeto por
la diferencia- no puede ser ilimitada. Una tolerancia ilimitada
sería tan destructiva para el tejido social como una unificación
ética totalitaria". De este modo la línea divisoria entre
tolerancia e intolerancia nos coloca en un lugar de decisión política
y en ningún caso es una definición esencial, única y universal.
Desde estas consideraciones algunos
autores, como por ejemplo McLaren (1994), se oponen a tratar el
tema de las diferencias como sinónimo de diversidad, dado que,
según sostiene, la diversidad es una noción liberal que habla
de la importancia de sociedades plurales, pero administradas por
los grupos hegemónicos que son los creadores del consenso, en
definitiva los que establecen quiénes entran en el "nosotros"
y quiénes en los "otros".
Por otra parte consideramos que las
diferencias no serían datos o evidencias que están naturalmente
dadas y se manifiestan antagónicamente: mapuches contra criollos,
chilenos contra argentinos..., sino que son construcciones históricas
y culturales, que no pueden disolverse en una negociación entre
grupos que piden permiso para entrar en un modelo establecido
desde la homogeneidad cultural.
En este sentido partiríamos de considerar
la diferencia como una relación y no como una oposición. Una relación
en donde, por un lado, los distintos grupos oprimidos insisten
en el valor positivo de su cultura y experiencias específicas,
resultando, por tanto, cada vez más difícil para los grupos dominantes
mostrar sus normas como neutrales y universales; y por el otro
lado, esas diferencias nos ayudan a reconocer y reconocernos en
nuestra propia identidad.
Al mismo tiempo, pero con una significación
más claramente política, esto nos aleja de la noción de imparcialidad,
que se maneja desde las órbitas hegemónicas, y que intenta anular
sistemáticamente a los grupos con prácticas culturales diferentes,
y nos acerca a la de solidaridad, entendiendo que esta no comienza,
como sostiene Bonfil Batalla (1993), "cuando la gente piensa
de la misma manera, sino cuando tiene la confianza para estar
en desacuerdo sobre ciertas cuestiones porque le importa construir
un terreno en común".
Quizás sea preciso aclarar que otro
efecto que puede tener el discurso hegemónico del respeto por
la diferencia, sea el de caer en formas extremas de "relativismo
cultural", es decir, el "todo vale" o "todo
depende de..."; conviertiéndose en telón de fondo para la
resolución de lo válido, el mercado o las pautas y valores de
la hegemonía cultural.
En este sentido, entendemos que una
práctica de transformación quizás necesite ser pensada desde los
márgenes, desde quienes son víctimas del proyecto, recuperando,
como sostiene Rebellato (1996), la historia como memoria de "la
violencia desatada por la conquista de América, la marginación
y opresión de los indígenas, de las mujeres, de los enfermos psiquiátricos,
de los homosexuales, de los discapacitados, de los tóxicodependientes,
de quienes ya no tienen ni donde vivir ni de qué vivir",
de los excluidos social y culturalmente.
Remitiéndonos a la propuesta implicada
en este apartado, quisiéramos plantear desde qué lugar entendemos
la integración, para que esta no implique una licuación de las
diferencias, sino por el contrario una integración que se haga
cargo de las diferencias.
Empecemos por el no. No es una integración
al estilo neoliberal, en donde las discusiones en el Mercosur
son por el reconocimiento de certificados, títulos y estudios.
Tampoco una integración en base a una imaginada esencia latinoamericana,
que constituya "la patria grande", "la nación latinoamericana",
como lo plantea Adriana Puiggrós (1996).
Compartimos la concepción desarrollada
por García Canclini de "hibridación", como proceso que
da cuenta del cambio de reglas para definir la integración: "la
hibridación es la modificación de las identidades en amplios sectores
populares, que son ahora multiétnicos, migrantes, políglotas y
que cruzan elementos de varias culturas". El proceso de hibridación
permite entender la integración como un campo de lucha. Es decir
no creemos que haya que dejar de hablar de integración, sino más
bien deconstruir dicha noción analizando los efectos que produjo
su inscripción en los distintos discursos político-pedagógicos
en que fue históricamente construida.
En síntesis plantearíamos que las identidades
no son previas a la integración, sino que "el proceso de
integración se define por las identidades que en su trama se constituyen
y, viceversa, que las identidades se construyen en el proceso
de integración" (García Canclini 1990).
Dos discursos desde donde abordar la
integración y la diferencia: la interculturalidad y el género
A) La interculturalidad y el
"nuevo orden": ¿de lo político a lo cultural?
"Hoy el estado nos invita a ser
parte de un nuevo concepto: Interculturalidad. Nos explica que
es una invitación al reconocimiento de la diversidad cultural
y a tener una relación de respeto mútuo. Creemos que es una forma
modernizada de continuar asimilando culturalmente a los Pueblos
Originarios dentro de la llamada cultura nacional".1
Con este cuestionamiento preliminar
acerca de la Educación Intercultural (EI) intentamos acercarnos
a una realidad latinoamericana que lleva más de 30 años de historia.
Numerosas reseñas y estudios comparativos dan cuenta de las particularidades
por país, e incluso por región. Además, debaten acerca de los
conceptos políticos que sustentan los diversos programas y advierten
sobre su polisemia, además de su apropiación de parte de los distintos
actores sociales, fundamentalmente los Estados y los Pueblos Originarios.
Sin dudas, la EI no sólo es un programa,
(por lo demás, incipiente en nuestro país), sino una modelización
de lo deseable que la educación logre para la integración y armonía
social. En consecuencia, nos parece oportuno, levantar algunas
reflexiones de corte político en relación a este discurso emergente:
¿para qué, para quiénes y desde quiénes se plantea esta nueva
discursividad, y a qué intereses responde?. También nos preguntamos
si este discurso alcanzará a llenar el vacío de un imaginario
pedagógico alternativo para la docencia argentina, ante una escuela
fuertemente interpelada por la sociedad y en la que el gobierno
ha impuesto la idea de la responsabilidad de los maestros en la
crisis educativa. Una cuestión sobre la cual reflexionar es precisamente
la de la "presentización" de este discurso "emergente"
para el caso de nuestro país. Es evidente que el auge latinoamericano
(y mundial) del paradigma de la EI se relaciona con la problemática
de la globalización como escenario concreto de un nuevo orden
mundial, y en el que las reterritorializaciones tanto nacionales
y migracionales, como las provenientes de la exclusión social
dentro de los países, jaquean su estabilidad.
Nos interesa relacionar la globalización
con el tema de las identidades y la construcción de la subjetividad,
espacio en el que se propone incidir la EI.
¿Cómo es posible que la tendencia a
la desagregación, fragmentación, individualización e incluso disolución
de lo social sea centrífuga con el discurso de la tolerancia y
la interculturalidad?. Hemos visto que, por un lado, los capitales
despojados de sus bases nacionales buscan anidar en todas partes,
poniendo de relieve lo regional y lo local como bases para sus
operaciones transnacionales; y que, por el otro, estas dimensiones
de nuevo tipo de relaciones (temporal y espacialmente reterritorializadas),
no pueden soslayar, de todos modos, un centro que aglutine y haga
posible la gobernabilidad y manejo del sistema neoliberal, aún
en manos de los estados nacionales, sobre todo, por la concentración
en ellos del aparato represivo.
Estas tendencias provocan, por otra
parte, el surgimiento y revitalización de identidades de diverso
alcance político, social y cultural, incluso en aquellos sectores
más excluidos del sistema.
El discurso de la interculturalidad
como valor fundamental en el "nuevo orden" intenta el
control de lo particular, mediante la conversión de las diferencias
en identidades integrables al todo-mundo globalizado neoliberal.
Es la centralidad hegemónica de los nuevos modos de acumulación
la que posee la capacidad de admitir y dictaminar qué de aquello
inter puede ser aceptable y culturalmente aceptable.
Esto se debe a que el neoliberalismo
(y nuestra hipótesis es que cierta EI le es funcional) choca con
los límites de lo tolerable en relación al dominio del mercado,
eje instrumental y regulador principal del conjunto de las relaciones
sociales, y en consecuencia, debe redibujar el mapa de la diversidad
social y cultural. La integración de las diferencias resulta control
de los conflictos sociales, mediante la victimización y asistencia
del otro, quien ocupará espacios previstos en el nuevo-orden-mundo
que no pongan en peligro la estabilidad social para el actual
modelo de acumulación.
Para ello, es necesario además reestructurar
las coordenadas de "democracia" y "ciudadanía",
ya que el "desarrollo sustentable" de la actual modernización
globalizada neoliberal deja afuera (de la aldea global) a casi
el 30 % de la población, y adentro a un resto, que se desagrega,
como siempre (pero más ahora), en los de arriba y los muchos de
abajo; estos últimos siempre en riesgo de caerse del sistema.
Ante estos fenómenos, se prevén para
la EI funciones de máxima eficacia, de las que transcribimos dos
ejemplos:
a) "Los Estados nacionales frente
al nuevo milenio no tienen otra alternativa que buscar las formas
más claras de democratización de sus sociedades a partir de la
participación, cada vez más amplia, de todos los sectores sociales,
étnicos y culturales tanto en los procesos económicos como en
los culturales. Los procesos de integración se generan a partir
del establecimiento real de un diálogo intercultural, y la educación
intercultural bilingüe (EIB) es el ámbito, por excelencia, donde
aquel se construye." (Comboni Salinas, 1996).
b) "Probablemente no exista otra
posibilidad para construir una educación más democrática y equitativa,
que otorgue no sólo verdaderas oportunidades a los individuos,
sino que contribuya decisivamente a la construcción de un orden
social basado en relaciones sociales más simétricas que la aspiración
que conocemos como educación intercultural. Sólo explorando las
asimetrías y las incomunicaciones de cara al desafío de construir
relaciones educativas más fluidas, podemos tratar de desmontar
de la estructura social las condiciones que restringen la posibilidad
de articular ámbitos de convivencia donde cada una de las personas,
independientemente de sus características étnicas, sociales o
de género, puede desarrollar su vida en plenitud". (Gastón
Sepúlveda, 1995).
Pero, si como dice esta autora, "La
EIB plantea un cambio de mentalidad de la sociedad y de las estructuras
de poder y un replanteo del sistema educativo vigente" (Comboni
Salinas, 1996:124), entonces ¿se piensa en un alcance socioestructural
para la interculturalidad?. Para muchos difusores de este paradigma,
este es el alcance que le otorgan al poder educativo, en estos
tiempos de "revolución pacífica, pero profunda, que viven
nuestros países en su proceso de cambio y transformación para
entrar en el siglo XXI con mayores posibilidades de desarrollo
y bienestar para toda la población..." (Sepúlveda, 1995:124).
Las políticas educativas oficiales,
en este caso, las de la Provincia del Neuquén, intentan legitimar
el reordenamiento del sistema educativo desde el anadamiaje discursivo
de la tolerancia, el respeto por el otro, la aceptación de lo
diverso, la necesidad de la convivencia entre los distintos, y
la necesidad de educación especial para aquellos que poseen las
características de la "otredad". Nos interesa mostrar
cómo se arman algunos de los discursos de la "inclusión"
al servicio de la "transformación educativa".
Hemos caracterizado (Díaz - Alonso,
1997) hasta dónde pueden ser fijados los límites de la discusión
"tolerable" sobre la diversidad y el pluralismo desde
los organismos del poder actual y hemos analizado críticamente
algunos documentos base de reciente divulgación en nuestra Provincia.
Intentamos provocar sus argumentaciones a partir de insertar sus
discursos en relatos más amplios acerca de lo pedagógico y cultural,
y cómo se articulan al poder, ya que es desde esta posición teórica
que se puede advertir el trasfondo discursivo desde el cual surgen
esas propuestas, y obviamente a qué intereses responden.
En este campo el capital simbólico
en disputa es la significación que se le da a la articulación
entre desigualdad y diversidad, y como en ella queda atrapada
una consideración reproductora de las condiciones de pobreza y
exclusión.
Por ello, es que ponemos en cuestión
lo que nos parece una apropiación neoliberal de la "diversidad
sociocultural", y cómo se arman los nuevos lenguajes de la
alfabetización para los sujetos sociales emergentes de la actual
exclusión, nombrados como "sujetos diversos", y definidos
también como de "alto riesgo". Esto implica abordar
los usos de la diversidad y el pluralismo, y las tensiones políticas
que se desprenden de los mismos.
Un análisis crítico remite necesariamente
a reubicar la apropiación descontextualizada de la lógica del
poder de estos "usos de la diversidad" como categoría
explicativa de las diferencias devenidas acentuadamente como desigualdad
en el marco de las actuales relaciones de producción capitalistas.
Nos parece necesario, en consecuencia,
mostrar que esas propuestas basadas en la "multiculturalidad-interculturalidad",
resultan funcionales a la transformación educativa en la perspectiva
neoliberal impulsada con los fondos del Banco Mundial. Funcionalidad
que resulta del modo en que algunos conceptos claves de las ciencias
sociales, en especial de la antropología, se incorporan bastante
aceleradamente al discurso educativo con que la Reforma en curso
intenta legitimar sus objetivos: cultura, nación, etnia, género,
diferencia, diversidad, comprensión, tolerancia, alteridad, son
palabras ahora corrientes: verdadera antropologización de la trama
argumental de la operación discursiva EI en su apropiación neoliberal.
Su "presentización" pareciera dibujar un cambio en el
imaginario pedagógico, esencialista y homogeneizante de la Instrucción
Pública.2
Como decíamos, nos interesa advertir
las cuestiones que se implican al reeditar, sin el debate y el
consenso, problemáticas teóricas inconclusas en su elaboración,
ya sea las referidas a las distintas aproximaciones al concepto
de cultura, como a la reaparición de tensiones irresueltas en
relación al relativismo cultural que ha caracterizado a la antropología.
Los costados esencialistas del culturalismo así como las consecuencias
funcionalistas de un relativismo extremo se prestan a este juego,
y es objetivo de estas notas salir al cruce precisando los términos
del debate pedagógico y cultural.
* ¿En qué sentidos podemos aceptar
que la "educación intercultural" es un modo de discontinuar
con el "obsoleto" sistema de instrucción pública, y
sus modos de relación pedagógica sostienidos en el autoritarismo
y la discriminación de las diferencias culturales?.
* ¿No estaremos ante la presencia de
un nuevo arbitrario para un imaginario pedagógico en cuyo centro
ha desaparecido la categoría "pueblo" vinculada a lo
"público" y en su reemplazo emerge la de "identidad
cultural", como direccionalidad de las finalidades educativas?.
La aceptación de la tolerancia y la
consideración de la diversidad no son suficientes a la hora de
plantear una pedagogía para la democratización no meramente formal
de la sociedad. Es necesario abrir el debate acerca de los sentidos
de la interculturalidad, para evitar un cierre funcionalista que
contribuya a ocultar su articulación al modelo neoliberal y a
las políticas educativas derivadas del mismo. Queremos enfatizar
esta dimensión a los efectos de discutir la insuficiencia de la
educación intercultural como proyecto innovador, y mostrar cómo
puede convertirse en un aliado "espectacular" de esas
políticas y en particular del sustento simbólico de las actuales
formas de dominación económica, social y cultural.
* ¿Con el reemplazo del imaginario
"educación popular" (centrado en el derecho público/político
a la educación y cooptado de modo arbitrario por el sistema de
instrucción pública), por el de "educación intercultural
o multicultural" no se está conformando un nuevo arbitrario
mediante el cual se separa lo político de lo cultural?, ¿de aquella
inclusión abstracta, referida anteriormente, a una espectacularización
simbólica de las culturas como base de las relaciones sociales,
y causas de las desigualdades y diferencias?.
* ¿De ser así, no estaríamos ante la
presencia de un estilo "democrático" para evitar lo
político, y un modo "regulador" para desviar el sentido
de una educación afirmada en la disputa por los derechos fundamentales
de los individuos y los grupos sociales?
Una respuesta posible a estos interrogantes
es la de que la educación intercultural puede configurarse como
una vía de escape simbólica a la contradicción entre "ajuste"
y democracia, en la que se pretende articular la inclusión política
formal con la exclusión económica real. En todo caso hay que redefinir
al sujeto político de la Educación Intercultural.
B) Del feminismo al género
Al calor de la discusión en torno a
lo integrable en terrenos "inter", planteamos otra preocupación
teórica y política acerca del aparente corrimiento de la categoría
feminismo por la de género, esta última como aquella que podría
resultar más tolerable a los discursos de la diferencia. Metafóricamente
sería como sacarle el veneno a los conceptos (los domesticamos,
podemos convivir con ellos). Género es un término quizás menos
agresivo, menos hard, más dietético -se digiere mejor-. Sin embargo,
no queremos apostar a una operación de sustitución sino que, recuperado
el concepto de feminismo, consideramos importante la profundización
y extensión social de la categoría género como posibilitadora
de construcción de nuevas relaciones sociales en el entretejido
de otro discurso sobre la igualdad y la diferencia, la integración
y la exclusión.
Un tanto ingenuamente (o intuitivamente)
comenzó a llamarnos la atención el uso dominante de la categoría
género, categoría que hegemoniza el discurso, sobre todo en el
ámbito académico, y lo poco que se habla de feminismo, como si
quedase como categoría, depositada en un lugar residual, o de
otra época: antes era feminismo ahora es género.
Esto seguramente responde a una multiplicidad
de cuestiones: la preeminencia de estudios sociológicos y antropológicos
sobre "la mujer"; las producciones e intereses al interior
del movimiento feminista; la historia del movimiento en los diferentes
países y las formas de apropiación de ella en otros contextos;
el lenguaje que se usa en los ámbitos gubernamentales; etc.
Ahora bien, quisiéramos explorar la
relación que puede haber entre este uso preponderante de la categoría
género, que involucra las relaciones entre lo femenino y lo masculino
y un discurso feminista que surge articulado con otro, que postula
el cambio social y habla de clases sociales.
En principio, nos parece que una de
las vertientes de esta discusión feminismo vs género, tiene que
ver con situar al primero como un discurso más claramente político
que alude a las desigualdades y, al segundo como más claramente
cultural, que alude a las diferencias. Sostendremos también la
importancia de no envolver, o disolver el sentido, de un discurso
en el otro.
Es oportuno recuperar algunos elementos
históricos que focalizan al feminismo como un movimiento social,
enmarcado en la tradición moderna y formando parte del conjunto
de las luchas por la justicia de otros sectores sociales subordinados.
Plantea Martha Rosenberg (1996) que la representación del fin
de las relaciones de subordinación opera -en estos inicios- como
mira, e instala una "ética de la disciplina utópica"
que consiste en el trastrocamiento de las perspectivas habituales,
la libertad estratégica, la independencia frente a las pautas
culturalmente arraigadas, tanto teóricas, como ético-sociales.
En este contexto el significante feminismo evoca una tradición
política de izquierda, entendida en el sentido amplio como cuestionamiento
de las relaciones sociales desde una propuesta igualitaria. Afirma
la autora que es justamente esto (la posibilidad de una sociedad
igualitaria, los proyectos emancipatorios radicales) lo que va
a caer con la sustitución de este significante por el de género,
dado que en realidad el proyecto de una sociedad transparente
no es posible y que por otra parte estamos instalados en un escenario
individualista y fragmentado antidemocráticamente.
Introduciendo en este análisis el concepto
de género podemos decir que se define (dentro de las varias definiciones
existentes), "como la red de creencias, rasgos de personalidad,
actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que
diferencian a mujeres de varones. Tal diferenciación es producto
de un largo proceso histórico de construcción social, que no sólo
genera diferencias entre los géneros femenino y masculino sino
que, a la vez, esas diferencias implican desigualdades y jerarquías
entre ambos. ...El concepto de género en cuanto categoría de análisis
tiene como cualidad interesante que siempre es relacional. Otro
rasgo que destacamos en el concepto de género es que las relaciones
que analiza entre varones y mujeres están enraizadas históricamente
de forma cambiante y dinámica. Esto significa que el género es
una categoría histórica que se construye de diversas maneras en
las distintas culturas" (Burin, Mabel 1996).
Sin considerar que las corrientes anteriores
se opongan o que hablar de feminismo o de género constituyan per
se discursos de oposición, nos parece importante incorporar la
advertencia que hace M. Rosenberg (1996)3: "Para el concepto
de género, a pesar de haber sido elaborado como herramienta política
para la teoría feminista, no es necesario ni evidente que haya
un sujeto político en juego. Sujeto político se refiere al término
utilizado en ciencias políticas para denominar a agentes de acciones
públicas colectivas, que disputan el poder de la formulación de
las normas que regulan la convivencia. Para hablar de sujeto político
es imprescindible que su acción desplace las relaciones de poder
existentes entre los sexos. En muchos casos, sin embargo, el discurso
de género se enuncia desde posiciones que confirman los dispositivos
de saber-poder instituidos por la cultura androcéntrica dominante".
El planteo de esta autora explicita
un eje que viene recorriendo este escrito y que es el tema del
poder. En los primeros párrafos referíamos al movimiento feminista
articulado a la lucha de clases, donde el poder se concibe como
un aparato de opresión encarnado en el sistema capitalista y patriarcal,
al que hay que abolir. Desde otra concepción de poder, más entonada
con lo planteado por Rosernberg, lo que hay que deconstruir/desmontar
son estos dispositivos discursivos que han construido, piedra
por piedra, la relación hombre-mujer, público-privado, como Racional,
Abstracta, Universal -con mayúsculas- y que le dan legitimidad
política, jurídica y cotidiana.
En este sentido, entendemos el poder
como "...siempre presente (en) cualquier tipo de relación
en la que uno intenta dirigir la conducta de otro. Estas son por
tanto relaciones que pueden encontrarse en situaciones distintas
y bajo diferentes formas; ...son relaciones móviles, es decir
pueden modificarse, no están determinadas de una vez por todas..."
(Foucault, M. 1994). Siguiendo a este autor sólo pueden existir
relaciones de poder en la medida que los sujetos son libres. Esto
no significaría que los estados de dominación no existen, a veces
los márgenes de libertad son muy limitados, pero este estado de
dominación puede desaparecer o cambiar si revierte la situación
que lo origina4. Para el tema que nos ocupa interesa rastrear
desde dónde se van formando, coyunturalmente, las resistencias
(a la integración/exclusión): desde la lucha de clases, desde
el movimiento feminista, desde la ocupación de puestos públicos
por parte de las mujeres, desde la abolición de la institución
familia, desde un cambio educativo, desde la articulación de diferentes
movimientos sociales, etc., etc.
Quisiéramos sintetizar que hablar de
género puede no ser lo mismo que hablar de feminismo, significado
en términos de conciencia feminista, como una interpretación política,
polémica y de lucha que de ninguna manera es universalizable a
todas las mujeres. Esto es así dado que "lo femenino",
puede y suele ser lo que de la mujer se representa en las culturas
dominadas por las representaciones hegemónicas del imaginario
masculino. En este sentido, retomamos nuevamente a Martha Rosenberg
en cuanto sostiene que "la perspectiva de género corre el
riesgo de cristalizar a las mujeres al ocuparse de "sus cosas",
definidas como tales por este imaginario compartido"; y pone
un ejemplo que es la cooptación de gran cantidad de "cuadros"
feministas en estructuras de gobierno y organismos o agencias
nacionales e internacionales, ante lo cual habría que analizar,
"si su inserción constituye subjetividad política de género
(femenino) o se limita a aumentar el poder de algunas mujeres
para la imposición de políticas (¿de desarrollo?) que requieren
apoyo y participación femenina, pero que reproducen las actuales
relaciones de dominación".
Si nos situásemos desde la hermenéutica
de la sospecha, en el sentido de Ricoeur, cabría que nos preguntásemos,
como la hace María Antonia García de León (1994), acerca de ¿por
qué la desigualdad de género es constantemente reconocida, analizada
-la menos en ciertos ámbitos- y es plataforma para una acción
social bien vista tanto por parte de los gobiernos, como por parte
de la población en general y, lógicamente, por parte de las mujeres?.
Podríamos decir que hablar de lucha
de clases sigue siendo subversivo, en cambio, la confrontación
femenino versus masculino parece no ser subversiva en la actualidad,
no es radical. Puede ser una confrontación incómoda, agria, ridiculizada,
etc., pero es una polémica tolerable, admitida, transparente,
al gusto de los tiempos.
Sostiene la autora que es un tema para
el que los gobiernos crean una amplia red burocrática y gastan
muchos recursos tanto económicos como sociales. y se pregunta
¿Por qué?: ¿Es una conquista de las mujeres? ¿Es un oportunismo
del establishment?; y continúa diciendo: "El llamado orden
mundial puede tener una ingente masa de población muriendo de
hambre en el Tercer Mundo, pero parece que no le es funcional
tener una masa de población femenina, el cincuenta por ciento
de la población, fuera de las pautas del sistema (racionalidad,
consumo, etc.)", resulta bastante claro que valorar más a
la mujer resulta funcional al aumento del consumo.
Consideramos que una forma de resistencia
es siempre recuperar la historia de las luchas, de los movimientos,
de la construcción social de las categorías, para darnos cuenta
que los conceptos, además de históricos, suelen "tener alas"
y se refuncionalizan en tramas discursivas diferentes a las que
surgieron, que muchas veces fueron contrahegemónicas.
Por otra parte, como muchas autoras
y activistas han advertido, hay que estar en guardia contra el
feminismo difuso (y generalmente confuso) que forma parte del
signo de los tiempos (incluso entre ciertos hombres, está de moda
decir soy feminista) y hay que estar asimismo en guardia para
no admitir que los cambios de género han sido cambios per se.
De lo contrario una vez más, se estaría haciendo el juego a la
invisibilidad de las implicancias políticas del concepto "feminismo".
Para finalizar diremos que la disyuntiva
entre feminismo en términos de clase y género en términos culturales,
puede ser falsa, dado que la identidad de género y clase están
indisolublemente unidas y son las prácticas básicas y constitutivas
del habitus. Pero apostamos a profundizar analítica y prácticamente
ambas construcciones conceptuales, porque los reemplazos, los
recubrimientos, suelen ser efecto de luchas por la hegemonía que
luego se visualizan como naturales, es decir se invisibilizan
y agotan su potencialidad subversiva.
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En Revista El Caminante. Buenos Aires.
NOTAS
1 Norgvlamtuleayin (Educación Autónoma
Mapuche) 1997. Documento de la Coordinación de Organizaciones
Mapuche. Confederación mapuche Neuquina - Newén Mapu.
2 En efecto, una de las innovaciones
de la reforma curricular es la incorporación a los Contenido Básicos
Comunes aprobados para la E.G.B. de la problemática denominada
"cultura" (Bloque 3). Desde un punto de vista histórico
y comparativo ésta cuestión se introduce también con la denominación
de "diversidad cultural" (Bloque 2). Estos temas se
relacionan, a su vez, con algunos considerandos del art. 5º de
la Ley Federal de Cultura y Educación en los que se refiere al
"fortalecimiento de la identidad nacional".
3 Al comenzar el capítulo, que ya hemos
citado, la autora comenta que al presentar un artículo para una
revista de psicología, la editorial cambia en el título el término
feminismo por el de género, a partir de lo cual realiza esta reflexión:
"la caída del término feminismo, que tiene tan clara conotación
política, y la sustitución por el de género -categoría de análisis
sociológico y antropológico impuesto y difundido en el medio académico
e intelectual- es testimonio y consecuencia paradójica de la práctica
política y teórica feminista, que ahora parece tener que borrarse
del título para darle cabida en nuestra "actualidad psicológica"
(nombre de la publicación). Rosenberg, Martha (1996).
4 Foucault, en el texto citado anteriormente,
pone un ejemplo que dice que en la estructura conyugal tradicional
de la sociedad de los siglos XVIII y XIX, no puede decirse que
sólo existía el poder del hombre: la mujer podía hacer toda una
serie de cosas: engañarlo, sustraerle con maña el dinero, negarse
a tener relaciones sexuales. Subsistía sin embargo, dice, un estado
de dominación, en la medida en que todas estas resistencias constituían
un cierto número de astucias que no llegaban nunca a invertir
la situación.
1er Congreso Virtual de Antropología
y Arqueología
Ciberespacio, Octubre de 1998
Organiza: Equipo NAyA - info@naya.org.ar
http://www.naya.org.ar/congreso
Auspicia:
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