Patrimonio cultural y turismo: reflexiones y dudas de
un anfitrión
Agustín Santana.
Dpto. Prehistoria, Antropología e Hª Antigua.
Universidad de La Laguna. 1998
Tomando en consideración las cifras correspondientes a 1997, el
turismo representa el 85% del Producto Interior Bruto del Archipiélago
Canario (España), lo cual implica una alta tasa de dependencia de
una sola actividad. Paralelamente, Canarias ha de competir en un
amplio mercado, favorecida hasta el momento por problemas políticos
y sociales en esos otros destinos. Llega pues el momento, en plena
década de los noventa, de diversificar la oferta de productos construidos
para el viajero, de potenciar la introducción en el mercado de nuevos
elementos complementarios al Sol y la playa.
El turismo histórico, étnico y cultural es, tal vez junto con el
de salud, de los primeros en desarrollarse en la Europa del siglo
XIX. Pero los tintes verdaderamente mercantilistas le va a afectar
bien entrado el presente siglo. Se trata de un turista que busca
lo pintoresco, el colorido tradicional de lo local (tejidos, alfarería,
arquitectura, etc.), el pasado y sus restos. Curiosamente, y manteniendo
a salvo una pequeña minoría, no se sienten atraídos por el nativo
real, estando marcadas sus relaciones con éstos por la impersonalidad
y la separación física, primando el intercambio económico.
La moda patimonialista que se extiende, principalmente, por Europa
en esta última década ha hecho proliferar la demanda por tales entornos
más o menos configurados al efecto. Pero, además, la construcción
de la Unión Europea, donde se hace especial hincapié en la unión
de los pueblos (la Europa de las Nacionalidades) auspicia los nacionalismos
políticos como ente diferenciador y vinculante. Los nacionalismos
de todo el mundo potencian la recuperación, la mirada a los orígenes,
el rescate de aquellos elementos patrimonializables y, con ellos,
el refuerzo de una identidad, más o menos apresurada según los tiempos
que corran. Canarias no es una excepción.
VISITA: Imágenes del Patrimonio Histórico-Artístico de Canarias
http://www.culturacanaria.com/patri/posters/top.htm
Este es el contexto, brevemente descrito, en el que se encuentra
el Patrimonio Arqueológico del Archipiélago. Enmarcado por dos hechos
diferenciadores: el de sí mismo como pueblo que reivindica políticamente
un pasado y el de sí mismo como destino turístico.
Patrimonio, identidad y política
El Patrimonio, muchas veces identificado con la herencia, es en
sí mismo un concepto que alude a la historia, que entronca con la
esencia misma de la cultura y es asumido directamente por los grupos
locales. El Patrimonio es la síntesis simbólica de los valores identitarios
de una sociedad que los reconoce como propios (Iniesta, 1990: 2).
Ello implica un proceso de reconocimiento, generalmente intergeneracional,
de unos elementos (desde el territorio a la ruina) como parte del
bagaje cultural y su vinculación a un sentimiento de grupo. Reconocida
en él, la comunidad se presenta a otros. En ese instante el bien
concreto estará a salvo momentáneamente. Si bien su conservación
no estará garantizada, al menos su destrucción y pérdida será sentida
como propia. Sin embargo, en las sociedades no tradicionales inmersas
en la industrialización y la terciarización, tal sentimiento puede,
y de hecho sucede a menudo, ser olvidado, sesgando su propia historia
y lazos de grupo. Entra entonces en acción uno de los aprovechamientos
más extendidos del patrimonio: el político.
El uso político de entes patrimoniales suele ser el recurso a la
memoria colectiva, a la representación colectiva. Para ello, aparte
intentos rayanos al terrorismo cultural, se recurre a la comunidad
científica que, analizando y redescubriendo, pone en valor el bien
patrimonial. Tal utilidad en raras ocasiones, tiene su retorno a
los depositarios sociales del mismo, los grupos locales, dejando
a un lado la posibilidad de valerse de él en el ámbito educativo.
El pre-requisito de uso, en cualquier caso, debería ser siempre
el mismo: la conservación. "No puede haber uso son la conservación
ni mantenimiento" dice Ballart (1997:121). Pero, aunque ello
y el progreso del conocimiento científico fueran suficiente recompensa,
su conservación, debe aportar algo más que orgullo o reconocimiento
identitario para la población local que lo sustenta. Me refiero,
claro está, a beneficios bien infraestructurales (servicios) bien
económicos (empleo). Caso contrario, enajenar el patrimonio de los
moradores habituales del territorio en que se enmarca, nos conduce
irremediablemente a un incremento insostenible de sus costes. Recae
sobre las administraciones públicas el deber y compromiso legal
de velar por él, protegerlo del abandono y la expoliación, y con
ello afrontar las cada vez menos asumibles cargas financieras. Cuestión
que se agrava de día en día cuando se ha vuelto frecuente que más
entes físicos o intangibles son considerados patrimonio
y, por tanto, se insertan dentro de la categoría-burbuja de lo conservable.
Un producto comercial llamado patrimonio
Sin embargo ¿siempre es patrimonio lo que consideramos como
tal? Una entidad arqueológica, unos conocimientos no funcionales,
un proceso productivo en desuso, antes de su activación patrimonial
son sólo piedras, artefactos y recuerdos. Después serán patrimonio
institucional de un pueblo. Más tarde, con la divulgación y la vinculación
identitaria, historia propia, patrimonio público. Luego, con su
entrada en el mercado, podría ser patrimonio turístico. Las experiencias
a escala mundial veánse los casos de Bali, México, Grecia
o Egipto , nos muestran que, hasta la fecha, la explotación
comercial es la opción que más asegura, junto con la enajenación
total y la prohibición tajante y vigilada, para la rehabilitación
y conservación.
Por interés y necesidad el patrimonio comienza a ser considerado
de manera mercantil, como mercancía en tanto que objeto de
comercio y bien de consumo. Se le ha adjudicado un valor
que lejos de ser simbólico es, como casi todo, convertible en moneda
y hay quien paga por ello. En este punto me surgen dudas sobre las
consecuencias de entrar en un mercado patrimonial que ya existe
(preguntémonos si no por aquellos que pagan por un Rembrandt, por
una casa en un área histórica, por un cráneo o un fémur aborigen,
por una porción de un grabado rupestre, etc.). El patrimonio, en
sentido amplio, y sus réplicas están siendo ampliamente comercializados
y, sin embargo, casi nadie se rasga las vestiduras. Surgen algunas
voces críticas, precisamente desde dos puntos de vista bastante
opuestos: por una parte aquellos que, desde un cientifismo conservacionista
pretenden que la burbuja proteja rigurosa y absolutamente, tomando
el ente patrimonializado exclusivamente como un objeto de estudio;
por otra, la de aquellos que veneran el pasado, se obstinan en el
rescate, muchas veces de manera descontextualizada, con la única
pretensión de la búsqueda de los orígenes y sin determinar la verdadera
relevancia científica del hallazgo presumiblemente patrimonializable.
Ambos consideran que el patrimonio, sobre todo arqueológico pero
también etnográfico, se corrompe al hacerlo público y mucho más
al consumirlo como producto.
Evidentemente, no pretendo hacer una defensa de la enajenación
del patrimonio público. Pero sí constatar la evidencia que nos da
la vida cotidiana. Los que disciplinarmente nos encontramos cercanos
al mismo, nos enfrentamos a la disyuntiva de su muerte lenta, por
la vía de la estrangulación presupuestaria, o de su reconversión
a producto comercializable (Prats, 1997:47), sin olvidar los demás
parámetros que nos dicta la profesión: análisis, determinación de
su significación e importancia desde un punto de vista disciplinar,
preservación si es el caso y divulgación pública, es decir, facilitar
el acceso educativo-cultural a la población en general (Convención
Europea para la Protección del Patrimonio Arqueológico, 1992).
El uso turístico del patrimonio no es idéntico a sus disposiciones
identitarias, políticas o educativas. Si bien se mantiene su componente
simbólico, el ente presumiblemente patrimonial ha de ser frecuentemente
recreado, acompañado con una escenografía apropiada y, de forma
esporádica, espectacularizado.
Hay que admitir que en ocasiones es construido ex-novo de
manera más o menos inspirada por intereses más financieros
que culturales y vendido como auténtico. Al fin y al cabo
la autenticidad se crea individualmente, aunque semidirigida por
los agentes del comercio del viaje, como un constructo (Cohen, 1988:374)
contextualizado en las propias experiencias del sujeto. La cultura
es una construcción constante de grupos y actores que reinterpretan
un papel social, adaptándose a nuevas situaciones, solucionando
problemas e intentando sobrevivir como grupo, o no. Desde este punto
de vista, la autenticidad debería ser revisada. ¿Es más auténtico
un horno de leña que un microondas? Culturalmente la respuesta variará
según su usuario. Lo más antiguo no es más auténtico, simplemente
es más viejo. Las relaciones de esa autenticidad con sus actores
y consumidores muestra una amplia gama de manifestaciones. El mercado,
la demanda de unos elementos realmente auténticos, obliga a inventarlos
y no se puede afirmar alegremente que con este proceso de recreación
se esté creando una cultura bastarda (Wood, 1997:2).
El sentimiento originario y primitivo que infunde el yacimiento,
mucho menos el de la pieza expuesta tras un cristal, es fijado y
vivido como algo más que recuerdos y experiencias inmediatas, el
turista lo consume como un producto que no puede aprehender y es
en sí mismo perecedero (al borde de su desaparición). Para ello,
generalmente prefijado por los intermediarios, el sitio, el bien
arqueológico o etnográfico, es representado como único y expresión
de un pasado que bien podría estar cercano al propio, bien esotéricamente
relacionado (la Atlántida, la Gran Difusión de la Cultura, etc.),
dándose una transformación profunda de su significado. Esto lleva
en muchos casos a la exageración en la escenificación de este aspecto
de la cultura, que es adaptada fácil y constantemente tanto a los
distintos tipos de turistas como a la evolución del mercado.
Aunque momentáneamente no lo sea, y salvo en el caso de atracciones
explícitamente turísticas en las que se pide la complicidad del
espectador tipo parques temáticos , todo hay que decirlo,
en el paso de una o dos generaciones este tipo de iniciativas puede
dar lugar a un nuevo elemento patrimonial identitario de reciente
incorporación. Ello dependerá, en último término, de sí se hace
un uso político del mismo o no. Y es este uno de los impactos más
importantes sobre el Patrimonio, no sobre el bien físico concreto,
sino sobre el patrimonio cultural de la población en la que territorialmente
se inserta.
No tan en el fondo, todo es cuestión de las múltiples interpretaciones
que de él se haga. Éstas, generalmente de carácter publicitario,
pueden variar en cuestión de grado de complejidad (¿qué distingue
a los ojos de la publicidad ofertar unos zapatos de promover la
visita a un yacimiento arqueológico o un sitio etnográfico?), tanto
como las realizadas desde un punto de vista disciplinar. Arqueólogos,
antropólogos y otros, no siempre estamos de acuerdo, ni siquiera
entre nosotros mismos, con respecto a la significación, cuando no
uso, de tal o cual artefacto, de uno u otro proceso productivo,
y mucho menos cuando nuestro objeto de estudio refiere saberes,
ideologías y cosmovisiones.
El empresariado no tiene un especial interés en el patrimonio
(Prats, 1997:43) y, sin embargo, una cualidad especial del mismo
lo hace atractivo: es , comúnmente, público, es decir, gratis. De
su conservación y puesta en uso se encargan las administraciones,
extendiéndose, cuando intermedian preocupaciones políticas, incluso
hasta gestión directa. En la mayor parte de los casos es la administración
competente la que arriesga el capital público en acondicionar y
promocionar entes turístico-patrimoniales.
Como vendedor de patrimonio, el empresariado escogerá, entre
todas, la interpretación más al uso, la más llevadera para la sociedad
en que se pretenda proyectar la imagen construida. No se cuestionará
si es acertada o no, si tiene matices erróneos o tintes holliwoodienses,
tan sólo si genera suficientes beneficios. El índice que determina
su acierto e importancia es la rentabilidad. De hecho gran parte
del patrimonio turístico se corresponde a la imagen preconfigurada
de sus consumidores, construida a través de los estereotipos que,
bien le son ofrecidos desde el destino, bien sintetizados (inducidos)
de lo emitido por los medios de comunicación de masas. Si la presentación
realizada por los profesionales del patrimonio no es clara, concisa
y prevé las condiciones y número posible de visitantes, con o sin
él, tanto los organismos (públicos o privados) patrocinadores de
la investigación como otros, que simplemente esperan la oportunidad,
utilizarán convenientemente no los resultados de nivel científico,
sino la información pasada por el tamiz de la espectacularidad.
Los clientes del pasado más o menos lejano son, mayoritariamente,
turistas que no sólo consumen sino que demandan más y más nuevo
patrimonio. Pero, aunque reconozcamos sus posibilidades de cambio,
¿podemos generar nuevo patrimonio? En los usos turísticos, es un
hecho, sí, al menos en lo que se refiere a nuevas formas de presentación
y participación del mismo. Desde el uso de tecnologías interactivas
a los campos de trabajo y los parques-reservas temáticos, pasando
por el simulacro de las excavaciones, excluido el invento pseudo
patrimonial intencionado, aparentemente, todo vale.
La autocrítica y la gestión del patrimonio
Si aceptamos que el patrimonio debe ser valorado como un instrumento
de desarrollo económico y cultural, será necesario realizar una
profunda reflexión sobre el papel que en él juegan los propios profesionales.
La experiencia nos está continuamente mostrando que gran parte de
lo que consideramos Patrimonio, lo es en tanto que, bien se encuentra
enmarcado por una u otra legislación, bien porque es explotado empresarialmente
como tal. Y, sin embargo, en muy pocas ocasiones el ciudadano de
a pié lo conoce, lo vive como propio y se convierte en su protector
y transmisor.
Algo está fallando en estas Islas del Atlántico.
Sin pretender dar ninguna lección, en tanto que me incluyo en ese
rango de profesionales demasiado apegados a las teorías y la discusión
académica, la respuesta fácil consiste en indicar recurrentemente
que las administraciones no ejercen eficientemente sus competencias,
lo cual, sin dejar de ser cierto, no nos exime de las responsabilidades
que como depositarios temporales del mismo (no me atrevo a llamarnos
expertos) debemos asumir.
Tras la investigación y la documentación del bien patrimonial solemos
sentirnos vinculados a él, nunca nos separamos de lo que en algún
momento fue nuestro objeto de estudio; nos manifestamos airadamente
si este no es debidamente conservado y protegido, e incluso, en
algunos de nuestros proyectos, enunciamos la necesidad de adquisición
del territorio que le circunda, la creación de museos de sitio,
de ecomuseos, de museos locales (que tanto proliferan últimamente
por Canarias). Pero sólo en escasas y raras ocasiones nos vinculamos
con la difusión, con las medidas de disfrute social y turístico
del mismo.
Eso me hace pensar que nuestra labor, pasada la investigación propiamente
dicha que generalmente la damos por cerrada, aunque reconozcamos
que nunca estará concluida, debe ser guiada en dos direcciones
fundamentales totalmente entrelazadas: la conversión del bien en
patrimonio público y la educación universitaria.
Así, los resultados de cualquier investigación histórica y social
deben ser presentados, de manera estética y estimuladora del consumo
cultural no depredador (Loureiro y Sánchez, 1993:144), abogando
por una comprensión del bien integrado en un territorio, contextualizado
y, en la medida de lo posible, compatible con múltiples usos. Herramientas
como exposiciones y charlas en centros docentes y asociaciones vecinales,
pequeños programas informáticos, páginas web, juegos educativos,
etc. no están lo suficientemente al uso y su valía está ya demostrada.
Tales técnicas de
información pueden ayudar a convertir nuestro objeto de estudio
en patrimonio, ser incorporado al bagaje cultural de un grupo humano
dado y evitar costes de protección y preservación. Estamos así contribuyendo
a una educación integral.
Por otra parte, como enseñante universitario, observo que estamos
preparando investigadores (arqueólogos y antropólogos sociales),
especialistas en hallar y analizar un bien desde un punto de vista
determinado; pero se nos escapa que éstos han de estar preparados,
además y básicamente, como conocedores de la legislación vigente,
gestores y, si fuera necesario, vendedores del patrimonio. En último
término, agentes del márketing patrimonial. Si somos capaces de
ofrecer imágenes patrimoniales elaboradas, de calidad y económicamente
viables, podríamos evitar algunas aunque no sean demasiadas
aberraciones presentadas como patrimonio-turístico. Estaríamos
así contribuyendo a una formación, no sólo profesional, sino socio-ocupacional.
Claro está, también debemos demandar una integración de las políticas
administrativas de planificación territorial, educativa, turística
y científica, como única vía posible para una gestión integral del
Patrimonio; así como la apertura de la colegiación de los profesionales
del patrimonio y la puesta en marcha de un código deontológico que
enmarque sus actividades.
Por último, el estudio interdisciplinar del patrimonio, activado
o potencial, aprovechable para algo más que el discernimiento y
lucimiento científico y/o pseudo identitario, es una tarea que considero
está aún por definir. Si el patrimonio es territorio y no una suma
de elementos aislados, las labores de obligado cumplimiento sobre
el mismo deberían ser coordinadas por equipos interprofesionales
y modelos de uso, a falta de colegiación, discutidos y consensuados.
Como he tratado de mostrar, aún queda mucho por hacer, mucho por
discutir y más por demandar y aclarar. Todo parece indicar que los
caminos de la denominada activación patrimonial son lo suficientemente
inescrutables como para darnos aún muchas sorpresas.
Grupo de Investigación "Antropología y Turismo" de UNIVERSIDAD
DE LA la Universidad de La Laguna
LAGUNA http://www.culturacanaria.com/turismo/pagina1.htm
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and the state in asian and pacific societies. Honolulu:University
of Hawaii.
1er Congreso Virtual de Antropología y Arqueología
Ciberespacio, Octubre de 1998
Organiza: Equipo NAyA - info@naya.org.ar
http://www.naya.org.ar/congreso
Auspicia:
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