Identidad, espacio y religión. Una aproximación al proceso de construcción
de la Identidad Adventista (Puiggari, Entre Ríos)
Lic. Fabián C. Flores [1]
La identidad, en la medida en que es una construcción
social, se reproduce en forma permanente de acuerdo al conjunto de los mecanismos
disponibles con los que cuenta cada grupo, culturalmente definido, y a través
de los medios con los que éste considere se puede efectivo. Las instituciones,
en la mayoría de los casos, juegan un papel central en este proceso y son
las que se encargan de crear ciertas formas institucionalizadas de reproducción
del patrón cultural existente y de la identidad misma del grupo. La vida social
se basa en organizaciones jerárquicas que implican, de hecho, que cada uno
de sus miembros tenga el sentimiento de pertenecer a un mismo conjunto de
representaciones del cual se siente responsable y solidario tomando en ciertos
casos, una forma afectiva: la de comunidad (Claval, 1999).
La comunidad, de hecho, sirve de modelo para toda
una serie de unidades sociales y culturales. De este modo, un pequeño grupo
de individuos vinculados por relaciones de confianza mutua, puede multiplicarse
por dispersión o extenderse hasta englobar a un gran número de personas ligadas
por ciertos rasgos comunes. La base de la construcción de la identidad, entonces,
es la conciencia común de tener todo un conjunto de características que los
identifican como pertenecientes a un grupo y diferentes del resto.
El concepto de comunidad puede ser aplicado a los
adventistas [2] si tenemos en cuenta que, en principio, poseen
un sistema de creencias, una cosmovisión, afín que los identifica como tales.
Pero yendo más allá, la base territorial sobre la cual se asienta el grupo
es muy importante para que se puedan desarrollar ciertas relaciones sociales
que favorezcan la solidaridad y la cohesión. En esto, sin lugar a dudas,
la proximidad física juega un papel central ya que a veces se puede transformar
en un obstáculo, cuando las distancias son muy grandes y a veces no. La organización
de Villa Libertador San Martín favorece la estructuración de un espacio al
servicio de las necesidades de la Iglesia y sus instituciones, en la medida
en que se estructura en forma panóptica favoreciendo al control social [3] . El papel central que jugó la
Iglesia Adventista en el proceso de organización del espacio explica entonces,
las características de la territorialidad actual.
Pero el concepto de comunidad, en realidad, va más
allá de la identificación con un cierto conjunto de ideas o creencias y se
traduce también en un conjunto de prácticas y conductas que determinan un
modo de vida. En ella, los estilos de vida son similares y la ayuda mutua
continua. A esto se le suma un sentimiento vivo del lugar, la comuna como
patrimonio común, tanto si la propiedad es total o parcialmente colectiva
como si es privada (Claval, 1999). La comunidad adventista traduce un conjunto
de valores en prácticas concretas que originan un cierto modo de vida acorde
a su sistema de creencias. La idea de que el cuerpo humano no es propiedad
de los hombres, sino de Dios, y que tienen obligación de cuidarlo y llevar
a cabo una vida sana obliga al desarrollo de ciertas conductas y a la prohibición
de otras. Por ejemplo no fumar, no tomar sustancias nocivas para la salud,
alcohol, drogas, realizar actividades físicas en forma periódica, etc. Esto
se complementa con el desarrollo de una dieta octo-lácto-vegetariana, sin
carne, con alimentos no grasos, sin cerdo (esta prohibido su consumo) y harinas
integrales. [4] La religión
marca preponderantemente los regímenes alimentarios porque impone el ritual
de ciertos alimentos, la prohibición de algunos y la sacralización de otros
(Claval, 1992).
A otro nivel, pero también consecuencia del sistema
de creencias, hay una serie de conductas que llevan a cabo todos los miembros,
o la mayoría de ellos, y que hacen a su forma de vida. No asisten a lugares
bailables, no usan joyas ni ningún tipo de adorno, la vestimenta suele ser
sencilla, sobria y no aceptan mantener relaciones pre o extramatrimoniales.
Por lo tanto las diferentes facetas de la existencia colectiva están vinculadas
permanentemente de manera que no pueden separase el trabajo, los hábitos de
consumo y las creencias religiosas. “En una sociedad determinada, ciertas
formas de trabajo y de ganarse la vida, parecen más honorables, más gratificantes
o más respetables que otras y esto deriva que los grupos son portadores de
ideologías que llegan a jerarquizar” (Claval, 1992)
A partir de la instalación en Villa Libertador General
San Martín de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, mediante sus dos instituciones
“madres”, el Colegio y el Sanatorio, se fueron desarrollando una serie de
relaciones sociales vinculadas a la idea de crear una comunidad “adventista”
acorde a los ideales y valores de esa religión. Para ello fue necesario contar
con una serie de instituciones, dependientes de la Iglesia, que desarrollen
la tarea de producir y reproducir el patrón cultural que se pretendía difundir.
Es sin duda, el Colegio Adventista del Plata [5] el que cumple el papel principal en este proceso. Desde su
génesis a fines de siglo XIX, el Colegio no solo cumplió con la función de
brindar servicios educativos sino que se transformó en la institución pionera
y pilar en la organización de las relaciones establecidas hacia el interior
de la sociedad que es objeto de nuestro análisis. A partir de la década del
sesenta se incrementan los ámbitos sobre los que tiene incurrencia el Colegio.
Esta expansión podría tener que ver con la necesidad de crear formas institucionalizadas
para constantemente recrear el patrón cultural hegemónico frente al crecimiento
demográfico de la Villa.
Tal puede ser la función, por ejemplo, del Club de
Conquistadores que surge hacia 1960, un grupo similar a los Scout, y cuyos
objetivos se basan lograr un acercamiento entre los jóvenes y de éstos con
Dios, y que realizan actividades de formación cívica y adiestramiento manual,
que llevan a que el joven logre descubrir las grandes bondades de la naturaleza,
a través de campamentos, caminatas, excursiones y reuniones sociales (Wensell,
1993). Es evidente, entonces, que los objetivos apuntan a conseguir ciertas
formas de conservación de la identidad grupal, y al mismo tiempo de establecer
un más estricto control sobre los alumnos del Colegio, y los otros miembros
de la comunidad, en todo lo que compete a los usos del tiempo libre.
También la acción del Colegio alcanza otras esferas,
por ejemplo a través de las publicaciones. El Periódico la Voz del C.A.P.
es el medio gráfico más importante de la Villa y es realizado por sus propios
alumnos. Fue creado en 1923 y es editado por la imprenta del Colegio. Trata
sobre temas vinculados con las actividades de esta institución, pero también
aquellos que tienen que ver con lo propiamente religioso, como ser clases
sobre la Biblia, lecturas e interpretaciones de textos religiosos. Se complementa
con informaciones diversas sobre las actividades sociales que tienen lugar
en la vida cotidiana del pueblo pero siempre que se relacionen con la Iglesia.
A partir de la década del sesenta el tiraje comenzó a decaer notoriamente,
publicándose un número por mes, y luego uno por bimestre, para finalmente,
en la década del setenta, llegase al límite de una publicación anual. Claro
que no es éste el único emprendimiento editorial del Colegio, a él deberíamos
agregar la revista “Enfoques”, publicado por el Instituto Superior Adventista
del Plata; “Educando”, destinado a los propios docentes, con artículos pedagógicos,
“La Voz” con información sobre la escuela y la Villa, “Romance”, de carácter
literario y “Ondas”, exclusivo para el personal y los alumnos del C.A.P.
Otros aspectos de la vida social de la comunidad son
comprendidos también por la institución a través de los coros, la Banda y
las diferentes asociaciones de alumnos cuyos objetivos apuntan a “estimular
la cortesía entre los estudiantes, mejorar las residencias y preparar programas
culturales que fomenten la camaradería entre los internos” (Wensell, 1993).
Un similar ejemplo puede encontrarse en la Creación de la Asociación de Egresados,
que se reunió por primera vez en 1909 con el fin de organizar el décimo aniversario
de esta institución. Con el correr de los años se fue incrementando el número
de sus participantes, hasta que se institucionalizó oficialmente en 1988 bajo
la denominación de “Asociación de Amigos y ex alumnos del Colegio” afirmándose
en su papel de reproductor de las formas culturales adventistas.
Un papel no muy distinto aunque de menor intensidad
probablemente, desempeña el Sanatorio. La presencia de la Escuela de Enfermería,
surgida a partir de 1908 y durante un tiempo trasladada a juridicción de S.N.E.P.,
el Instituto Adventista de Estudios de Salud, sus publicaciones, como “Saludándonos”
o “Salud con futuro”, e inclusive los programas de radio a su cargo demuestran
la labor desarrollada por esta Institución en la creación de nuevas formas
organizadas de reproducción cultural. Pero quizás son dos las vinculaciones
más evidentes de esta entidad con ese fin y que merecen un análisis particular,
en la medida en que se convierten en modos de reproducción de una forma de
ser pero también del capital de la Iglesia. Nos estamos refiriendo al C.V.S.
(Centro Adventista de Vida Sana), creado en 1982 como un centro de medicina
preventiva muy vinculado a los valores del estilo de vida adventista. A decir
del pastor E. Wensell (1993) “...se realizó con el propósito de seguir, en
la medida de lo posible, las huellas de Jesucristo, quien no se limitó solamente
a sanar a los enfermos”. Para poder participar del tratamiento que ofrece
este centro preventivo debe aceptarse un reglamento interno que establece
ciertas pautas de conducta que se deben cumplir mientras se permanece en el
lugar. Se establece una rutina diaria que complementa las formas de alimentación
acordes al tratamiento que cada paciente está efectuando. Los costos del tratamiento
y de la estadía que rondan 1560 pesos por diez días o 1180 por una semana
de internación.
Otra entidad que merece nos detengamos en ella es
el FO.CO.MU. (Fondo de Cobertura Mutua) que, si bien es independiente, está
vinculado a la Iglesia Adventista del Plata. Surgió en 1985, con empleados
del Sanatorio y del Colegio, y en un primer momento, su objetivo era proveer
ayuda recíproca en caso de accidentes de automotores, para luego ir extendiéndose
a otros beneficios. También está el S.A.M.A. (Servicio Asistencial Médico
Adventista) que es una entidad prestadora de medicina pre paga administrada
por la Iglesia Adventista del Séptimo Día y dependiente del O.F.A.S.A. (Obra
Filantrópica y Asistencial Social Adventista) que en la actualidad posee casi
cinco mil afiliados. Más allá de estas dos instituciones, existen otras, que
actúan en todos los aspectos de la vida social y cultural de los habitantes
de la Villa.
En el esquema N°1 nos muestra todas las vinculaciones
de la Iglesia en la trama de relaciones económicas, sociales y culturales
de Puiggari. Como podemos observar en el esquema, se podría decir que, la
vida “social” del pueblo está organizada en torno a una serie de instituciones
manejadas directa o indirectamente por la Iglesia. El Centro de Jubilados
y Pensionados de la Villa que realizan fiestas anuales y cuyo objetivo se
centra en “cultivar la fraternidad cristiana y colaborar con la marcha de
la Iglesia”, es uno de los tantos espacios de reproducción de las relaciones
sociales y culturales que se dan en el seno de las familias adventistas. Otro
ejemplo claro es el caso del Club Social Recreativo Libertador creado en 1979,
o Asociación Amigos de la Villa Libertador San Martín surgida en 1966 por
iniciativa de un grupo de adventistas y con objetivos tan bien definidos como
los de “favorecer la concreción de medidas de progreso, de convivencia, de
embellecimiento y moralidad de acuerdo a los principios de la religión adventista”
(Wensell, 1993). En sus primeros años, sin embargo, está entidad tuvo atribuciones
bastante particulares, entre ellas, el control del crecimiento de la Villa
de acuerdo a ciertas normas establecidas por su estatuto. Tuvo, en definitiva,
una especie de control sobre el poder local hasta la creación del Municipio
en 1971, sobre todo en lo que se refiere a la ordenación del espacio urbano.
“Durante cinco años, la Asociación hizo en gran medida el trabajo de un gobierno
local, impulsando la construcción de veredas de hormigón, interviniendo el
trazado de nuevas calles, enripiando las calles principales a fin de poder
transitar los días de lluvia y exigiendo el trazado de ochavas en las esquinas.
Se dio el nombre a las calles, colocando los correspondientes letreros identificatorios”. [6]
La tarea político-administrativa desarrollada por
esta entidad en los años previos a la formación del Municipio se va a traducir
después, en la creación, de un partido político el A.V.U. (Asociación Vecinal
Unida), influido también con los principios del adventismo. Cuando retornó
la democracia en el año 1983 y el Municipio de Villa Libertador San Martín
debió elegir a sus autoridades locales, triunfó el candidato del A.V.U. quien
gobernará sin interrupciones, a través de sus diferentes candidatos, hasta
la actualidad. Es interesante ver la influencia que tiene este partido en
la localidad y sobre todo como, a través de sus medidas, se transformó en
un elemento indispensable para la conservación de la identidad y los ideales
adventistas. En el año 1996, el intendente Ruben Oscar Ordoñez, llamó a una
consulta popular no vinculante para que los ciudadanos se pronunciara sobre
la promulgación de una ordenanza en donde se prohibía la venta de alcohol
y tabaco en la Villa de acuerdo a los dictados de la religión. Los resultados
fueron contundentes: el 60 %de la población votó a favor de la prohibición
total de alcohol y tabaco, el 30 % para que la prohibición se estableciera
en los negocios ubicados en una distancia considerable a determinar de toda
institución educativa y de salud. Solamente el 10 % (12 vecinos) votaron por
la libre venta de ambos, en lo que es, sin lugar a dudas, un ejemplo concreto
de las acciones que desde se llevan a cabo con el fin de reconfirmar la reproducción
de los patrones culturales desde el ámbito de la política.
A esto habría que sumarle además, la labor desarrollada
por los medios de prensa como el periódico “La Villa”, el Canal o la FM local,
en donde a cada paso se trasluce la influencia del universo de representaciones
adventista. No se pasa otra música que no sea religiosa, lenta o folclore,
y además se transmite las celebraciones de la Iglesia y los sermones. Estos
medios cuentan con la ventaja de ser masivos y estar alcance de todos los
habitantes de la ciudad.
Las redes de la Iglesia alcanzan también, el terreno
de lo económico y aunque no es propósito en este trabajo ahondar en este tema,
pues excede holgadamente, los alcances de nuestra propuesta, pudimos saber
que, entre otras cosas, es poseedora de la fábrica Granix, en la que trabajan
gran parte de los pobladores de la Villa, desarrolla también actividades agropecuarias
como el tambo (perteneciente al CAP), además de una amplia actividad comercial
con destacados representantes, como el CEAPE (un autoservicio de abastecimiento),
o la librería del C.A.P. En todos los casos, como es de prever, se hallan
presentes ciertas patrones de la “cultura adventista” ya sea a través del
tipo de productos que elaboran y venden, o de las formas de trabajo que desarrollan,
como en el caso de Granix que no trabaja el sábado, o en sus formas de organización
interna.
Vemos así como se superponen diversas formas institucionalizadas
en la construcción de relaciones sociales y de reproducción de la identidad
dominante. Las instituciones actúan como elementos de resguardo y difusión
de las formas sociales ya establecidas. La comunidad sirve como ámbito de
desarrollo y contención de una cultura local que necesita ser preservada y
reproducida y en esto las instituciones juegan un papel fundamental (Safa,
1994).
La identidad se construye, entonces en el ámbito local,
entendiendo a éste como el contexto en donde se desarrolla la vida de la
comunidad. Podemos afirmar que es “el lugar de resguardo de lo propio, de
las relaciones intensas y cercanas que se opone al anonimato característico
de la vida urbana buscando las convergencias, los espacios compartidos, lo
homogéneo y no la diferenciación” (Safa, 1994). Esto no significa que el grupo
sea totalmente homogéneo en su interior ya que sus pobladores son diversos
y no vivencian el uso del espacio de la misma manera. Por eso debemos pensar
a las comunidades locales no como territorios con fronteras claras y definidas,
sino como el ámbito en donde se desenvuelven los procesos de construcción
y recreación de la identidad.
Por lo tanto es viable el uso de lo local
[7] a fin de captar las formas en las que se produce y reproduce la identidad
ya que implica una representación y una práctica de pertenencia a un lugar
a partir de las cuales se definen los límites de un territorio que, desde
el punto de vista de los sujetos, posee una identidad que lo distingue de
otros territorios. Las fronteras de lo local, como construcción social, se
precisan con las delimitaciones geo-políticas históricamente definidas en
un proceso complejo que combina la biografía y la historia personal, los acuerdos
colectivos sobre el sentido de esa identidad y los intereses diversos, en
tensión o en conflicto, de los actores sociales interesados en definir el
sentido de pertenencia o exclusión, o los usos que se hagan de ese territorio.
“Esta identidad es reconocida no sólo por quienes habitan en el lugar sino
por el conjunto de la sociedad”. (Safa, 1994).
Bibliografía:
Claval, Paul (1992) "Le theme de la religion dans les
etudes geographiques" en Revista Geographie et cultures N°2, Université
de París-IV.
Claval, Paul (1999) “La Geografía Cultural" Eudeba.
Buenos Aires. 1999.
Flores Fabián (2001) "Espacios religiosos y control
social: el caso de Villa Libertador San Martín (Entre Ríos)" en Anuario
- División Geografía - Universidad Nacional de Luján. 2000-2001
Geertz, Clifford (1996) "Conocimiento Local. Ensayo
sobre la introducción de la cultura" Ed. Paidós.
Safa, Patricia (1994) "De historias locales al estudio
de la diversidad en las sociedades contemporáneas. Una propuesta metodológica"
Guadalajara.
Wensell Egil (1993) "El poder de una esperanza"
Ed. Universidad Adventista del Plata. Villa Libertador General San Martín.