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Ana María Rocchietti
Resumen
En 1998, hicimos una visita a los Mai Juna del río
Sucusari, en la Amazonía peruana. Este trabajo explora algunas
de las dimensiones de esa experiencia etnográfica. Los Mai
Juna comprenden unas trescientas personas con asentamientos
dispersos sobre los ríos Napo y Putumayo. Subsisten sobre
la base de la horticultura de roza, la caza, la recolección
y la pesca. En el “Handbook of South American Indians”,
una célebre obra editada por Julian Steward, son descriptos
como Coto, Orejón o Payagua. La autora sostiene
que el “nombre” etnográfico forma parte de la antropología
política de la dominación.
Abstract
In 1998, we visited the Mai Juna from the Sucusari
River, in Peruvian Amazonian. This report explores some dimensions
of that ethnographic experience. The Mai Juna comprise
about three hundred persons with dispersed settlements on
Napo and Putumayo rivers. They subsist on slash and burn horticulture,
hunting, gathering and fishing. In the “Handbook of
South American Indians”, a famous book published by
Julian Steward, they are described as Coto, Orejón o
Payagua. The author asserts that the ethnographic “name”
belong to the political anthropology of domination.
Las consideraciones que se exponen a continuación se originaron
durante la visita que, en febrero de 1998 hiciéramos a la
comunidad Mai Juna del río Sucusari, Amazonía
Peruana.[1] Ella nos ha permitido no solamente apreciar de cerca
la problemática de las poblaciones aborígenes de la selva
amazónica sino también revisar algunas características de
la experiencia etnográfica.
Los Mai Juna no suman más de trescientas personas
con asentamientos en dos afluentes del curso superior del
río Napo (Lanayacu y Sucusari) y en un afluente de
la margen derecha del río Putumayo (Algodón). Recibieron sus
tierras entre 1975 y 1977 por decreto-ley 20653 (Ley de Comunidades
Nativas y de promoción Agropecuaria de las Regiones de la
Selva y Ceja de la Selva). Subsisten mediante la horticultura
de roza, la caza, la recolección y la pesca constituyendo
una cultura “libre” en proceso de arrinconamiento
(Martínez Zarazola, 1992).
Lo que nos interesa en esta oportunidad es la manera en que
los Mai Juna han aparecido en la descripción etnográfica,
en un equívoco importante por la discriminación implícita
que conlleva y cómo el mismo puede ofrecerse como introducción
a un problema político de magnitud: la violencia colonial
contemporánea.
Mai Juna, Orejones, Coto
En la obra clásica y monumental llamada Handbook of Southamerican
Indians editado por Julian H. Steward, los Mai Juna
son descriptos en el volumen 3 dedicado a las Tribus de la
Foresta Tropical (1963), conectados con otros pueblos a través
de la categoría lingüística de Tucano occidentales.
Éste estaría dividido en cinco grupos:
1. Coto (Orejón, Payagua) localizados entre la ribera
izquierda del Napo y el Algodón.
2. Encabellado (Angutera, Piojé) en el Napo
medio y superior y en el Aguarico.
3. Sioní del Putumayo superior.
4. Correguaje del río Ortegaza (Colombia) y
5. Toma (Tomao), también sobre el Ortegaza.
Los Coto (Koto, Orejón, Oregón, Orechón, Payagua)
serían los mismos, aparentemente que los Tutapischo. El nombre
Orejón se deriva de la costumbre que tienen los varones de
colocarse grandes discos de corteza en los lóbulos, de tal
manera que resultan deformados a la manera de grandes platos.
Algunos -muy pocos- hombres Mai Juna todavía hoy los
lucen.
El texto de Steward privilegia el nombre Coto sobre
las otras denominaciones. Es probable que su información se
derivara de las fuentes que cita para resumir las características
generales de este pueblo:
· Chantre y Herrera, José 1901 Historia de las Misiones
de la Compañía de Jesús en el Marañón español (1637-1767).
· Simson, Alfred. 1886. Travels in the world of Ecuador
and exploration of the Putumayo River
· Tessma, Günter. 1930. Die Indianer Nordest – Perú.
Handburg.
El autor nos relata que los Coto originalmente vivían entre
el Napo y el Putumayo, que fueron llevados a misión en 1682.
La primera Misión Coto se estableció en 1721 pero fue abandonada
pronto porque los indios temían ser esclavizados. Otra misión
intentada en 1729 falló por las epidemias y el maltrato; luego
los Coto fueron asentados con otras tribus vecinas en misiones
locales, aunque algunos fueron llevados al río Huallaga y
ubicados con Aizuari, donde muchos murieron en 1761. Steward
señala, finalmente, que la cultura está “casi ida”
(Steward, 1963: 737)[2].
Por otra parte, una breve monografía publicada en 1983, nos
alerta sobre que los Mai Juna fueron llamados Coto
por un supuesto parecido con el mono aullador del mismo nombre
(Bellier, 1983: 39). La autora encuentra un trabajo (Hernández
[sic] Contribuciones sobre el estudio de los indios de la
selva peruana, Madrid.) donde se los caracteriza como “animal
racional” transcribiendo lo siguiente:
“Por mi parte añado que estos indios con
sus enormes discos de 13 cms. que llevan en las orejas parecen
de lejos monos legítimos escuchando y atisbando. Son los Cotos
racionales de aquellas selvas si se permite la expresión”
(Ibidem: 49)
Y agrega que el término Coto sirve para designar a
los Orejones de una manera despectiva según consideran ellos.
Antropología política de la denominación
¿Qué significa el uso del nombre Coto (el que además
encabeza el apartado de la descripción etnográfica de los
Mai Juna) y la ausencia de la denominación bajo la
cual ellos se designan a sí mismos?
En primer lugar, las fuentes consultadas por Steward probablemente
no incluían en su espectro designativo a “Mai Juna”;
en segundo, la “inscripción” descriptiva los fija
con un nombre que los estigmatiza y que ese pueblo rechaza.
Un nombre no sólo “identifica” (es decir, da
identidad al objeto que describe) sino que otorga alguna clase
de “realidad”. Nombrar etnográficamente es tanto
un hecho epistemológico como un hecho político: los Mai
Juna ingresaron a la sistemática etnográfica del Handbook
dislocándose en su naturaleza política. Sobre esta circunstancia
deseamos reflexionar a continuación.
La neutralidad descriptiva del etnógrafo
ofrece compacidad a su clasificación porque es en ella que
la sociedad estudiada deviene “unitaria” (para
reconocerla entre otras, para establecer su tipología organizativa,
económica, etc.).
¿De qué se ocupa la etnografía? La etnografía clásica se
ocupaba de sociedades (pueblos) con características de “primitividad”:
· Pueblos arrinconados por estar paralelos al desarrollo
productivo que el mundo viene concentrando desde el siglo
XV por la naturaleza expansiva del capitalismo occidental,
· pueblos “sin historia” o al margen de la
historia de Occidente,
· pueblos “simples” o “ sin máquinas”,
· pueblos exóticos, contenidos, por cuestiones geopolíticas,
dentro de las sociedades nacionales,
· pueblos que solamente pueden ser entendidos desde una
oposición binaria: civilizado/primitivo; buen salvaje/mal
salvaje; historia/etnografía,
· pueblos que representan sociedades igualitarias, homogéneas,
anárquicas dentro de una tipología política, social, económica
general de las sociedades.
Un manual de antropología relativamente reciente nos describe
a la etnografía como basada en el trabajo de campo y proporcionando
la “etnodescripción” de un grupo, de una sociedad
o cultura particulares. Durante el trabajo de campo:
“... el etnógrafo recoge datos que luego organiza, describe,
analiza e interpreta para construir y presentar la etnodescripción
... Tradicionalmente los etnógrafos han convivido con pequeñas
comunidades y estudiado el comportamiento local, las creencias,
las costumbres, la vida social, las actividades económicas,
las políticas y la religión.” (Kottak, 1994: 7)
En 1942, Marcel Griaule comenzó a dictar un curso de Etnografía
en la Sorbona cuya publicación se volvió fuente metodológica
del trabajo de campo durante mucho tiempo (Griaule, 1969).
En ella decía que:
“En la investigación del hecho social -cualquiera sea él-
y en el conocimiento de todas las sociedades humanas, se debe
poner el mismo ardor de los naturalistas cuando establecen
una lista exhaustiva de los insectos y de las plantas. Cada
población presenta siempre una faceta original que pueden
aprovechar las distintas ciencias del hombre. No se trata,
pues, de hacer algunos breves sondeos en comarcas diversas,
al azar de los viajes y de las preferencias, sino de detenerse
largamente en todas partes en que haya hombres y observarlos...
Algunas de ellas, estudiadas con método y perseverancia, han
aportado, últimamente al mundo científico la prueba de que
hasta ahora nada sabíamos de ellas y que su sistema de pensamiento
está a la altura del pensamiento del mundo antiguo o de los
pueblos asiáticos...
Nuestra documentación, aunque considerable, es
aun extremadamente fragmentaria, tanto en el espacio como
en el tiempo, y de allí las enormes lagunas y ese aspecto
de mosaico de elementos dispersos que adquieren las civilizaciones
que pensamos conocer... Se trata de establecer los archivos
totales de la humanidad... Sólo entonces podrá la sociología
proceder a generalizaciones y al establecimiento de leyes.”
(Griaule, 1969: 12 y 13)
Una visión más contemporánea nos indica que:
“La actual dificultad está ligada a la
quiebra y redistribución del poder colonial en las décadas
posteriores a 1960 y 1970. Después de la revocación de la
mirada europea por el movimiento de la negritud y después
de la crise de conscience de la antropología con respecto
a su estatus liberal en el interior de un orden imperial,
y ahora que el Occidente no puede presentarse más a sí mismo
como el único proveedor de conocimiento antropológico sobre
los otros, ha llegado a ser necesario imaginar un mundo de
etnografía generalizada. Con las comunicaciones expandidas
y las influencias interculturales, la gente interpreta a los
otros, y se interpreta a sí misma, en una pasmosa diversidad
de idiomas... Este mundo ambiguo y multívoco hace que cada
vez resulte más difícil concebir la diversidad humana como
algo inscrito en culturas cerradas e independientes...”
(Clifford, 1995 [1998]: 40)
Así la consistencia del conocimiento etnográfico ha transitado
desde la visión externa (y objetivista) de los “primitivos”
hasta incluir todas las gentes como objeto etnográfico. Pero
aún existen sociedades que transforman a los antropólogos
en autores[3]
(Geertz, 1996) o en testigos calificados de arbitrarios[4] culturales (entre ellos,
la libertad y la igualdad como supuestos principios de la
sociedad humana). En América Latina su eje sociológico pasa
por una situación que podemos caracterizar como “al
margen”, “en el margen” y “desde el
margen”.
Al margen de la mayoría de los acontecimientos que desvelan
a las sociedades nacionales (envolventes de los pueblos etnográficos
de los cuales apenas se informan), en el margen del territorio
de las actuales naciones y desde el margen como existencia
y como identidad.
El ser social de estos pueblos es analizado desde la igualdad
[política y económica], desde la libertad [en la naturaleza,
en la ecología], desde la reciprocidad en sus intercambios,
desde la racionalidad funcional de sus adaptaciones ecológicas
o desde la codificación específica de su cosmovisión.
Para la academia occidental, los pueblos no tienen “Historia”:
tienen “Etnografía”. Esta diferencia se funda
en que no todos se relacionan con su pasado de la misma manera:
aquéllos que convierten el pasado en sucesión de acontecimientos
en una narración desacralizada (es decir, sin intervención
de los dioses) tienen “Historia”; los que involucran
sucesos y dioses, genealogías y mitos y -sobre todo- se despliegan
contemporáneamente a los occidentales, se constituyen en pueblos
etnográficos. Desde la antropología malinowskiana, éstos últimos
se categorizan, ha sido señalado muchas veces, a partir de
un lenguaje que se expresa en un genérico presente (presente
etnográfico)[5] reforzando la noción
de que ellos no tienen historia porque no tienen historia
documental, su contorno se deriva de la oposición entre Europa
y su “alteridad”.
Occidente es, desde la época de los descubrimientos geográficos
y humanos del siglo XV, una sociedad que podríamos llamar
“generalizada”; su expansión va acompañada del
interés antropológico por otros pueblos, sea en el sentido
de inventario continental de las gentes contenidas por los
espacios geopolíticos, sea en el sentido de poder interpretar
a través de las costumbres ajenas las propias instituciones
occidentales en un esfuerzo del tipo del que hiciera Montagne
en los albores del pensamiento antropológico[6].
El supuesto de que existen sociedades etnográficas -y por
tanto, sin historia- tiene dos consecuencias que dejan su
marca indeleble en su investigación. Por una parte, se sustancializa
el carácter mágico de la conciencia social de estos pueblos
“primitivos” y, por otro, se especializa la “cuestión
social”[7]
(en el sentido de fundar una disciplina específica para estudiarla
cuando ella compromete poblaciones no occidentales).
En realidad, la historia que no tienen los pueblos sin historia
es aquélla que es anterior al contacto derivado de la invasión
europea. En la Amazonía, la historia penetra abruptamente
a partir de la exploración por Orellana de su recién descubierto
Amazonas y los primeros en entrar en ellas son los Omaguas
(antiguos vecinos del territorio Tucano) que son muertos sin
piedad a medida que el jefe español avanza hacia la boca del
extenso río en el Atlántico.[8] Los Mai Juna hacen su ingreso
en la Historia a través de la experiencia de la esclavitud
después de su descubrimiento hacia 1682.
En algún sentido, las culturas son “inconmensurables”,
es decir, sería imposible medirlas y compararlas a escala
de lo humano universal salvo por las instituciones básicas
(parentesco, organización económica y política, etc.): la
perduración de estos pueblo antiguos, con sus géneros de vida
y sus sistemas de significación (incluidas sus lenguas) coloca
a los occidentales ante el gran misterio de la resistencia
y autodeterminación de la conservación de la “cultura
propia”, en un sistema-mundo donde conservarla es un
hecho político de primera magnitud.
La penetración blanca en la Amazonía se realizó y se realiza
bajo la forma de la institucionalización de las misiones (católicas
y evangelistas) y de la burocracia estatal (las agencias y
los funcionarios gubernamentales). Unas y la otra cuestionan
la cultura de los pueblos de la selva (no la aceptan, procuran
“convertirla”), especialmente a través de los
conceptos de arcaísmo e integración. Se trataría por un lado,
de religiones y costumbres inaceptables desde el punto de
vista moral (o, al menos, religiones y costumbres que no salvan
las almas de los indios y que por tanto debieran ser erradicadas,
en particular la brujería y el curanderismo); por otro, de
formas sociales inviables en el siglo XX y de autonomía inaceptable
en términos de soberanía territorial del Estado [peruano,
ecuatoriano, colombiano, brasileño], La cuestión social-étnica
es considerada, globalmente y tanto por expertos como por
los estados, como “problema indígena” y es sobrellevado
a través de un enfoque dualista: por un lado la nación, por
otro indígenas delimitados, principalmente, por sus características
lingüísticas. Los “pueblos” se constituyen en
conjuntos de comunidades ribereñas a los ríos amazónicos y,
de este modo, lo étnico se transfigura en lo comunitario y
dialectal (Díaz Polanco, 1984). En estos ámbitos es preciso
tornarlos bilingües (especialmente después de la llamada “integración”
política, a fin de satisfacer el conservatismo ecológico y
cultural de la selva, salvando de esa manera, al menos, las
lenguas) y colocar instituciones transversales que conecten
esos mundos inconmensurables (por dar un ejemplo, la figura
del teniente Gobernador nativo entre los Mai Juna que nosotros
visitamos).
Las comunidades “arcaicas” debieran integrarse a la Nación
en el marco del desarrollo como disciplina (gobierno) económica.
Pero atenta contra tal “integración” el carácter de su organización
social y su cultura. Existe la idea de que las sociedades
“primitivas” sólo funcionan al mínimo de sus capacidades productivas
y de que la subproducción es natural en las economías organizadas
exclusivamente en base al grupo doméstico y a las relaciones
de parentesco entre grupos domésticos (Sahlins, 1972). Esta
noción -que forma parte de una concepción etnográfica altamente
considerada entre los especialistas- vista desde la perspectiva
del eje sociológico del desarrollo económico, termina por
fundamentar que las empresas penetren en la región amazónica
sobre la base de la sub-utilización de los recursos y de la
tierra que harían estas comunidades.
Según Descola, la unidad doméstica es un centro singular
y autónomo donde se pone en escena la relación con el ambiente
y, en este sentido, la selva no es un universo incontrolado
de espontaneidad vegetal sino que es percibida como plantación
sobrehumana cuyas reglas son distintas de las que rigen la
vida del “huerto” doméstico (Descola, 1986). La
sub-utilización económica se constituye en una modalidad para
socializar la naturaleza, en una forma específica de “desarrollo”,
inconmensurable con la de las empresas buscadoras de madera,
de bauxita o industrializadoras del turismo[9].
El horizonte histórico
En una obra, también clásica, Pierre Clastrés (y desde su
práctica en la etnografía amazónica), sostenía que nosotros
definimos a las “sociedades primitivas” como “sociedades
sin...”: sin escritura, sin clases, sin Estado. Pero,
en realidad ellas son “sociedades contra...” y
que su rechazo está fundado en una elección legítima sobre
las relaciones de poder entre sus miembros. Así, estas comunidades
“arcaicas” se fundarían sobre la práctica de que
ninguno de sus miembros puede doblegar la voluntad de otro
y son -precisamente- estas sociedades contra el Estado
las que establecen la discontinuidad radical entre el mundo
de los salvajes y el del Estado, entre el mundo de la jefatura
y el mundo de la maquinaria estatal (Clastrés, 1987):
“... Tal es la concepción tradicional,
casi general, de las sociedades primitivas como sociedades
sin Estado. La ausencia del Estado marca su incompletitud,
el estado embrionario de su existencia, su ahistoricidad,
¿Pero es esto correcto? Está claro que un juicio de este tipo
no es, de hecho, más que un prejuicio ideológico porque implica
una concepción de la historia como movimiento “necesario”
de la humanidad, a través de las figuras de lo social que
se engendran y encadenan mecánicamente... ¿Por qué las sociedades
primitivas son sociedades sin Estado? Como sociedades completas,
acabadas, adultas y no ya como embriones infra-políticos,
las sociedades primitivas carecen de Estado porque se niegan
a ello, porque rechazan la división del cuerpo social en dominadores
y dominados. La política de los Salvajes se opone constantemente
a la aparición de un órgano de poder separado, impide el encuentro,
siempre fatal, entre la institución de la jefatura y el ejercicio
del poder.” (Clastrés, 1987: 115).
La función de la teoría política no es demostrar únicamente
lo que es una práctica política sino lo que significa:
“... el hombre, al ejercer acciones dirigidas
a las instituciones políticas, se conecta a sí mismo
y a sus intereses con la naturaleza política y por ello, hasta
cierto punto, se transforma a partir de ésta.” (Sabine,
1996: 20-21)
En el interior de la selva, las comunidades Mai Juna y otras
enfrentan un horizonte de violencia colonial[10] que las fuerza a desenvolverse en direcciones que,
como mínimo, son diferentes a las que espontáneamente elegirían.
Si tomamos como referencia al río Napo, vemos que éste, especialmente
su curso superior, fue durante mucho tiempo una región de
frontera, no apropiado por Perú o Ecuador sino hasta que tuvo
lugar el llamado “ciclo del caucho”. No solamente
por tratarse de un área cauchera sino también porque este
curso era el camino inevitable para entrar a la zona del Putumayo,
todo ese territorio se vio invadido por blancos en acciones
de apropiación que se anticiparon a la delimitación militar
y política. Desde 1880, el curso medio del Napo había sido
trabajado como un territorio de captura de indígenas que eran
vendidos y llevados al Brasil (especialmente Záparo-Aushiris).
De esta manera, el Napo empezó a verse despoblado ya sea porque
los indios reaccionaron violentamente, ya sea porque emigraron
al área interfluvial. Desde Iquitos quedó planteada la tarea
de integrar esta gran área realizando reconocimientos territoriales
y designando autoridades en los poblados. El acceso a la mano
de obra por medios violentos no necesitaba del control territorial
del Estado, en cambio el aumento de la producción cauchera
en el medio y bajo Napo obligó a asegurar la soberanía peruana
sobre la región en disputa con Ecuador y Colombia (Barclay,
1998: 176-178).
La compulsión sufrida por los indígenas fue y es material,
como la pérdida de la tierra, la migración forzada o el conchabo
temporal en las empresas, al soportar enfermedades endémicas
como la malaria y la tuberculosis y simbólica ya que
las comunidades estuvieron y están atravesadas por los más
intensos factores de transculturación. El pasaje de miembros
de grupos domésticos a trabajadores sin nexos fijos y tradicionales
intensifica la pertinencia del análisis etnográfico-político.
La pertinencia puede ser entendida como la capacidad
para instalar los acontecimientos “tucano” en
su totalidad compleja: la entidad de su sustantividad etnográfica
(por ejemplo, el carácter anti-estatal de su política interna,
su etnicidad doméstica, sus sistemas de costumbres y creencias,
su lengua u otras características), sólo puede ser interpretada
en relación con el sistema colonial mismo (en el mundo contemporáneo,
demarcado por las empresas trans-nacionales y la acción burocrática
del Estado peruano, ecuatoriano, colombiano, brasileño); el
sistema colonial en sus vinculaciones trans-nacionales. La
etnicidad y su carácter etnográfico están radicalmente atravesados
por la “nacionalidad” de los países sudamericanos
y por la estructura de clases sociales que ella ha instaurado.
Por lo tanto, la nueva violencia colonial -fundada en la capacidad
extractiva de los recursos en la Amazonía- requiere una integración
nacional que disuelva lo doméstico en el “desarrollo”[11],
la economía sub-utilizadora de su ambiente en otra de carácter
“minero”, es decir, de intensa apropiación de
bienes naturales.
El 21 de agosto de 1961, en la sesión inaugural
de los segundos Encuentros Intelectuales de San Pablo, bajo
patrocinio de la UNESCO, y con aportes centrados en la temática
relativa a los orígenes del Hombre Americano, Alfred Métraux
-uno de los más destacados etnógrafos que trabajara en la
América del Sud y especialmente entre las poblaciones de la
selva-, apeló al salvataje de los pueblos que mueren, de la
siguiente manera (la traducción desde el francés es nuestra):
“... En tanto etnógrafo, yo querría que
Uds. se asociaran a otro proyecto de la UNESCO -proyecto que
no tiene todos los medios necesarios: el salvataje de todas
las civilizaciones que mueren. El Brasil puede servir de ejemplo
típico de la región del mundo donde las viejas civilizaciones
indígenas que vienen desde el fondo de los tiempos desaparecerán
bajo nuestros ojos sin que sea posible fijar el recuerdo para
las generaciones futuras. Documentos humanos de valor incalculable
bajo las formas de instituciones, de tradiciones artísticas
se pierden para siempre. Cada tribu que muere lleva con ella
una porción de datos científicos que nos permitirían resolver
el problema del origen del hombre. El grito de alarma dado
por los arqueólogos debe ser lanzado también por los etnógrafos...
Qué de secretos se lleva cada Indio que muere en las riberas
del Xingú o del río Branco. Las discusiones que seguirán,
yo espero, tengan por resultado hacer al público y a las autoridades
conscientes de la necesidad de emprender el gran salvataje...”
(Instituto de Pré-Historia da Universidade de Sao Paulo, 1964:
26).
Para el etnógrafo, los pueblos de la selva devienen un capital
que asume la forma de “datos”, y que debería ser
salvado desde esa pertinencia. A mediados de este siglo,
los “salvajes” ya tenían que ser aprehendidos
con categorías etnográficas que no eran las clásicas (solo
concebible si la situación de estas poblaciones fuera de aislamiento
total) enfatizando el “salvataje” heurístico sin
el cual no podría darse testimonio del origen de la Humanidad.
¿Qué es lo que va desde la confusión Coto/Mai Juna de Julien
Steward al “rescate” de Métraux? El mismo continuum
de violencia colonial irreconocida.
La situación es que los pueblos de la selva, en su contexto
de disolución, en su condena a desaparecer, son una fuerza
histórica que -viniendo del pasado- siguen actuando en la
organización del presente y lo hacen desde su cultura específica
(fragmentos del pasado, fragmentos de la transculturación),
como epifenómeno de la violencia colonial que los incluye
en una sociedad “dual” consolidada: la nación
[peruana, ecuatoriana, colombiana, brasileña]. Allí la sociedad
nacional se expresa como régimen político y como filosofía
política; allí se combinan dictadura, democracia, personalismo,
despotismo y liberalismo, populismo, conservadurismo, etc.
Es decir, esa extraña y especial experiencia latinoamericana
de la dependencia, de la clientela, del paternalismo y del
asistencialismo: tan reales como historia y etnografía.
Conclusiones
En el deslizamiento del nombre de los Mai Juna provocado
por el informe de Steward, ellos ingresan políticamente dislocados
en la reseña etnográfica sudamericana y, como otros pueblos
de la selva, resultan ser salvados en nombre de un hipotético
Archivo general de la Humanidad en la apelación de Métraux.
La etnografía (y la experiencia etnográfica, por extensión)
resulta ser un conocimiento objetivista, descriptivo y -potencialmente-
puede incluir cualquier manifestación social en la etnodescripción.
Pero la etnografía más específica es la que se origina en
la dicotomía Etnografía/Historia, creada por occidentales
para demarcar su “alteridad” cultural. Las propiedades
de la vida social de esos pueblos han suscitado imágenes de
libertad, igualdad y naturaleza. En ese marco, la transculturación
consiste en un ingreso rápido en la desigualdad y en la historia.
Conservar la “cultura propia” no es solamente adherencia
a una identidad sino un hecho político de primera magnitud:
una forma de conectarse con las instituciones de la autoridad
(que desde el Estado nacional sólo acabará en disolverlos).
Su horizonte histórico (y la posibilidad de su antropología
política) es el de la lucha sostenida en virtud de ser originariamente
sociedades anti-estatales. No se desliza, en el caso de los
Mai Juna, solamente el nombre estigmático sobre el
hecho político de su perduración y persistencia, sino el carácter
de esa lucha.
Es muy probable que los Mai Juna y otros pueblos de
la selva no hayan comprendido el sentido de la transformación
que inicia la entrada del Conquistador Orellana ni tampoco,
quizá, puedan integrarla a un relato unificado.
Es probable que consientan, finalmente, en volverse una meta
turística explotada por empresas peruanas o trans-nacionales.
Es muy probable que ellos y su paisaje pierdan la autenticidad
buscada por los ecologistas y es muy probable que no alcancen
jamás la verdadera ciudadanía dentro del país que actualmente
los cuenta dentro de su jurisdicción. El hecho es que ellos
ilustran la forma en que se despliega, hoy, la cuestión social
dentro de la Amazonía: poblaciones inermes ante las empresas
y el Estado que deben elegir entre existir en la existencia
de su hecho político básico (es decir, prolongarse como “etnográficas”)
o integrarse como cultura provisoriamente subordinada al régimen
colonial y, luego, desaparecer.
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[1] Dicha visita incluyó también estadía
entre los Bora (río Nanay) y los Yagua (río Napo), todas
en la Provincia de Maynas, en el Perú. Tuvo como marco de
desarrollo el Seminario itinerante Los Andes antes de
los Inka II, dictado en el Instituto Superior del Profesorado
“Dr. Joaquín V. González” de la ciudad de Buenos
Aires y cuyo centro de interés eran los pueblos que vivieron
antes o al margen de los Inka (la etnia andina más conocida).
La misma fue preparada por los miembros del Departamento
de Historia y Ciencias de la Educación de la Universidad
Nacional de la Amazonía Peruana y la inestimable cooperación
de la Federación de Estudiantes de esa Universidad (FEUNAP)
[2] El texto de este famoso antropólogo dice
así: “ The Western Tucanoan peoples are divided
into five groups: The Coto (Orejón, Payagua) on the
left bank of the Napo River, below the Algodón River; the
Encabellado (Angutera, Piojé) on the middle and upper
Napo River; the Sioní of the upper of Putumayo River,
the Correguaje with a number of villages on the Orteguaza
River in Columbia (lat. 1º N, long. 75º W); and the Tyama
Tomao, apparently closely linked with Correguaje
on the Orteguaza River.
Coto – The Coto (Koto, Orejón, Orechón, Payagua)
are probably the same as the Tutapischo ... Payagua
is the name most often used for the Coto in early
literature (Steward, 1963: 737)
[3] Los antropólogos [etnógrafos] se vuelven
autores en la medida en que producen textos sobre los pueblos
que estudian y dichos textos -en casos importantes en la
historia de la etnografía- inscriben una versión sobre ellos
que con el tiempo se transforman en su versión única y
perenne, inmortal y fundante de cualquier trabajo de campo
posterior. Así, los Melanesios no pueden ser separados de
los textos de Malinowski, los Nuer de los de Evans-Pritchard,
los samoanos de los de Margaret Mead, los tristes trópicos
de Levi Strauss.
[4] Arbitrarios culturales es una
expresión de Pierre Bourdieu y designan la configuración
básicamente original y autónoma que las sociedades suelen
dar a sus códigos y significados, frecuentemente fuera de
razón o justificación. (Bourdieu, 1991)
[5] Las etnografías funcionalista y estructuralista,
que tan potentes se han mostrado para interpretar lo que
sucede en las sociedades “primitivas”, obturan,
por método y por convicción, el devenir histórico; una por
la radicalidad sincrónica de su enfoque, la otra porque
el cambio histórico deviene de la discontinuidad estructural
y sólo le importa lo que ocurre en la estructura, no fuera
de ella.
[6] La sucesión ideológico-filosófica iluminismo/historicismo
romántico que tanta influencia ha tenido en los políticos
que construyeron las naciones de América del Sur esboza
tanto el interés social por transformar a los “primitivos”
como por fundar una Nación en el sentido de síntesis de
tradición (raíces que justifican a la Nación como nuevo
orden social y jurídico). Según Feinmann, iluminismo e historicismo
no serían opuestos: “... El optimismo iluminista en
el poder organizativo-social de la Razón, respondía a las
necesidades revolucionarias de la burguesía metropolitana
en su lucha por la conquista del poder político. El historicismio,
por su parte, es la filosofía que responde a una necesidad
más fundante del orden burgués, como que es su verdadera
condición de posibilidad: la expansión colonial... En resumen,
si el iluminismo utiliza una razón trascendente es porque
con él Europa trabaja sobre sí misma. Pero cuando el sistema
burgués, ya afianzado en el centro definitivamente, vuelve
a requerir la expansión colonial con tanta intensidad como
en los tiempos de la acumulación primitiva, se hace necesario
inmanentizar esa razón de la trascendente y hacer de ella
el sentido de la historia.” (Feinmann, 1996: 106-107)
[7] La “cuestión social” es una aporía fundamental
que expresa el hecho por el que la sociedad [occidental,
industrial] experimenta el enigma de su cohesión y trata
de conjurar el riesgo de su fractura. Se bautizó, lingüísticamente,
por primera vez en la década de 1830, a partir de la toma
de conciencia sobre las condiciones de vida de las poblaciones
que eran a la vez agentes y víctimas de la revolución industrial.
Se convirtió en el lugar que, desde la perspectiva de lo
que debía ser investigado y manejado políticamente, podían
ocupar en la sociedad industrial moderna las franjas más
desocializadas de los trabajadores y la respuesta fue el
conjunto de dispositivos para promover su integración (Cfr.
Castel, 1997: 17-20). Las teorías contemporáneas sobre el
desarrollo y la integración de la población marginal se
inscribe en esta tradición sociológica completando la dialéctica
de lo igual y lo diferente y de sus transformaciones históricas.
[8] La historia de Orellana es arquetípica:
sale del Cusco como subordinado de Gonzalo Pizarro (hermano
de Francisco, el conquistador). Llegado el ejército a Ecuador
y comisionado para explorar el terreno del hoy Amazonas,
traiciona a su jefe y avanza por la cuenca hasta la desembocadura
del majestuoso río, donde construye un navío y regresa a
España. Orellana tiene, por entonces, treinta años.
[9] Los Mai Juna del Sucusari tienen un pleito
con la empresa Explorama, de turismo, que trabaja en su
vecindad,
[10] Entiendo por sistema colonial la dominación
de una mayoría por una minoría racial y culturalmente extranjera.
En el devenir del proceso histórico que va desde el descubrimiento
y colonización de la Amazonía por los blancos, la mayoría
indígena se volvió minoría demográfica aunque la presencia
y circulación de blancos en sus dominios es todavía pequeña
y los mestizos no constituyen un grupo de población visible
en el mundo de los ríos, ya que tienen la posibilidad de
morar en la ciudad como si fueran blancos (racial y culturalmente).
[11] Los peruanos y los ecuatorianos se
disputan a la Provincia de Maynas y este hecho estatal-político
ha derivado en argumentos locales (con centro en Iquitos,
la ciudad más importante de la región) sobre su “peruanidad”
(Cfr. Barletti, 1995). Esto implica una acción directa sobre
los pueblos de la selva para que definan sus lealtades nacionales.
Simétricamente, los jefes Mai Juna y Yagua que conocimos
expresan que el Estado los abandona, que no los asiste mientras
su gente muere por malaria y falta de alimento.
PAGINAS WEB RELACIONADAS
www.uniamazonia.edu.pe
www.iiap.org.pe/Amazonia/amazonia.htm
Este trabajo fue publicado en ANTI, Año I, N°2,
Abril de 1999
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